18 Julio 2007

Frutas y mar

Me como una mandarina y miro hacia el mar. La mandarina fresca, perfumada, dulce, queda emparentada así con el agua de que me estoy despidiendo. Ah, si aquí hubiera descubierto la prodigalidad de la mandarina, pero qué esperanzas, si desplazo las baterías de la memoria, puedo llegar con facilidad hasta la infancia, mucho antes de conocer el mar. Así que voy de nuevo. Me como una mandarina frente al mar mientras calculo que nos vamos, que nos regresamos a Madrid, que hay que escoger el camino por el que volveremos para que se haga lo menos pesado, o lo más atractivo. Podríamos pasar por Cuenca y mostrarle a Fernando esas casas medievales colgadas del acantilado, el Museo de Arte Abstracto que se desplaza horizontalmente. Quizás podríamos iniciar un trámite para intercambiar exposiciones entre este museo y el Manuel Felguérez, de Zacatecas. Y de tal suerte volveríamos virtud al vicio.

El caso es que la estadía en esta casa magnífica de Jaime y Mercedes se acaba. Cerrar las ventanas, fijarse de no dejar conectado nada, no dejar llaves (grifos) abiertas, no dejar nada corruptible a la intemperie; buscar la manera más fina de dar las gracias por el hospedaje, que será aquella en que se note lo menos posible que estuvimos. Despedirse galantemente de las buganvilias y las azaleas (azáleas, las llamamos nosotros, con acento) del macetero de la terraza y dejar el áncora pequeña de un recuerdo ligeramente sumergida en el mar para poder volver cualquier día de estos. Y es fácil: se pone uno de frente en la terraza y el mar viene a comer en la mano, así de cerca y manso lo tienen.

Ya que el sabor de la mandarina se integró completamente hasta diluirse y empezar a ser recuerdo, me vino un regusto a lima y se me hizo agua la boca. Hay una fruta en México que llamamos lima y que acá no existe; es un cítrico más pequeño que la naranja, más amarillo que verde, que tiene un pezoncillo duro en el extremo en que se aferra al árbol mientras crece. No hay que confundirla con lo que acá llaman limas que son nuestros limones verdes, ácidos y pequeños. La lima es fruta dulce y perfumada como una niña, de una inocencia que sólo puede catalogarse de paradisiaca. Un vaso de jugo de lima puede sustituir una historia con ventaja y eliminar cualquier desviación de la conciencia. Y hoy, si tuviera una ristra de limas, si pudiera oler esa fragancia, si sacara cuidadosamente el pellejito de un gajo después de haber chupado toda la dulzura y me quedara con lo amargo de la cutícula… Esa sí que sería una buena despedida del mar.

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17 Julio 2007

Gaviotas oyendo la guitarra

Uf. Toda la noche soñé cosas relacionadas con el directorio del blog: tenía paquetes de direcciones preparadas con distintos sabores: divertidas, ligeras, rápidas, humorísticas, y acababa por darme cuenta de que era una falsa apreciación mía, que a nadie le llegaban los mensajes especializados sino que había listas ordinarias de correos electrónicos sin ningún encanto y lo que yo creía personalizado no lo estaba. El desengaño era mayúsculo. Ahora ya no tiene gracia pero antes de despertar del todo, cuando estaba haciendo el corte de caja de la noche y tratando de separar las ganancias, me di cuenta de que había sido una noche con pérdidas, que trabajé de balde. Sobre todo porque me equivocaba respecto a cómo recibía Milagros las informaciones que mandaba. Según yo, mis mensajes eran una gracia y un contento, hasta que comprendía yo toda la verdad. No, no había alegría, ni humor, ni nada personalizado: un correo masivo sin chiste, una mortificación que para nada servía.

Si, claro; si no pienso que haya ningún enigma; me quedé preocupado por la disminución de visitantes, y el sueño, que depende directamente de los dioses, de Zeus, en concreto, me manda respuestas en clave para que por la mañana pueda yo vivir con tranquilidad, con la misma al menos con que las gaviotas volaban anoche poco antes de que oscureciera del todo mero enfrente del balcón -cuya puerta habíamos cerrado para encender la luz y que no se metieran los mosquitos-, avisando que el espacio es compartido, que ellas también están y tienen cosas particulares que hacer. Pero aquí aquí volaban, como que se dejaban venir a donde retachaba el aire con la contundencia de la construcción para poder quedarse un instante inmóviles enfrente del vidrio que nos tenía separados, como si quisieran hablar con nosotros, los insensibles de la ventana cerrada.

A lo mejor les daba curiosidad el que Fernando estuviera tocando la guitarra con esa delicadeza con que la estudia, bajito, comedido, apenas presente, como si en lugar de tocar unas cuerdas tensas en un instrumento templado de madera, estuviera tocándose las venas en busca de un sonido íntimo y completamente personal. Son incomprensibles las gaviotas. Quizás tenían la encomienda de hablar conmigo y prevenirme acerca de lo que había de soñar horas más tarde. Tal vez habría podido dormir por fin ocho horas de punta a punta, o siete, al menos, como hace tanto tiempo que no me ocurre. O hubiera sabido por su boca lo que sería la noche y habría podido modificar las hebras entretejidas del destino. Debí salir a hablar con ellas. Debí ser más humilde. Pero ya ven ustedes que uno siempre llega tarde a las cosas trascendentes y luego el arte no es más que la constancia que uno construye para disculpar sus distracciones.

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16 Julio 2007

Otra visión

Quiero cambiar la tónica de mis palabras; he estado demasiado grandilocuente. Es natural: el mar arrastra. Pero quisiera regresar a mi sencillez cotidiana. Volver a preocuparme por las cosas ordinarias. Ayer cayó estrepitosamente el número de visitantes del blog. Es natural, llegamos a la mitad de julio y toda España está de vacaciones. Y el resto de Europa también. De aquí hasta la mitad de septiembre va a costar trabajo remontar el marcador. Me sorprendió el descenso en América, pero ya pensaré por qué. Era fin de semana; también eso ayuda. Y quizás una influencia involuntaria: si el propio autor anda paseándose por qué hemos de aplicarnos a la lectura de su bitácora; total, para que nos endilgue sus arrebatos líricos.

Según nosotros, cambiamos de orientación ayer al paseo; vamos al pueblo de Altea, a la parte vieja, porque toda esta novedad inmobiliaria impone una visión del mundo que no parece estar muy apegada ni a la tradición ni a las maneras de vivir que han sobrevivido a los tiempos. Ay, amigos, qué chasco. Conforme se avanza hacia el centro, hacia la iglesia y la Plaza, se va uno encontrando con un mundo cada vez más irreal y escenográfico: todo está dispuesto para el consumo de los turistas; cada casa antigua se vende, se alquila o es ahora una boutique de ropa de verano, de artesanías sin pasado, de arte sin futuro, de souvenirs sin imaginación ni originalidad, o restaurante de pizzas o de nueva cocina de diseño. Preciosas las calles y las casitas, todas pintadas de blanco, con sus balcones de herrería con malvones rojos y diseños de casa de gnomos. Muchas ventanas abiertas para lucir el decorado de quienes viven de su jubilación y se dedican a presumir su gusto ante la vista de los que pasan. Claro que esto dura sólo el verano; el resto del año deben salir los habitantes de siempre y hacer una vida más cierta.

Pero bueno, como el mundo ya no es lo mismo, seguramente hoy lunes será distinto; estará abierto el comercio ordinario; la gente trabajará; habrá mercado; en alguna parte las cosas serán ciertas. Los turistas en la playa y en la calle la gente verdadera. Nosotros pensamos estar dos o tres días más por estas tierras y regresar a casa; dicen que en Madrid está haciendo una ola de calor muy desagradable, así que vale más la pena que nos entretengamos aquí que hay brisa y está de lo más gratificante el vientecillo que sopla el mar. No tengo ningún requerimiento médico que atender y estoy pasando a un estado de bienestar muy promisorio. Me faltan una o dos aplicaciones de quimioterapia antes de que el médico la suspenda y veamos la evolución del tumor. Me fatigo menos y tengo ganas de caminar y de hacer cosas. Hay que aprovechar.

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15 Julio 2007

Benidorm

No entiendo por qué vivimos unos cerca y otros lejos del mar. Parece que el mar nos busca a todos. Los que vivimos a cientos de kilómetros queremos agua también, agua del mar salado, agua verde y azul, agua de este corazón que toda la noche late con un compás arbitrario, llamándonos a cuentas. Que todo el día se mueve aunque esté tranquilo, como ahora. A lo mejor es por aquello del origen de la vida, pero hace tanto tiempo. Lo que sí es que a la hora que llega a la orilla quita su tono severo y se vuelve aguamarina: a nadie engañas Mediterráneo, conocemos tus furias e insensateces. Y aquí venimos otra y otra vez. Hay gente que no conoce el mar. Hay gente que nunca se mueve de un mismo lugar. Tal vez tengan adentro un mar suficiente para estarse quietos. Son los menos.

Ayer pasamos por Benidorm y no resistimos la curiosidad de entrar y bajarnos del coche a ver. Edificios altísimos con cientos de apartamentos, tiendas, restaurantes, coches, una babel en la orilla del agua al lado de otra babel en la orilla del agua. Miles de veraneantes en las calles y miles y miles en la playa, unos pegaditos a otros. Puro olor a aceite de coco. Yo miraba hacia el agua afanosamente buscando náyades y ondinas, y no me refiero a las jovencitas turistas sino a las verdaderas nereidas, a las hijas del mar, o a Poseidón con su tridente paseándose con gravedad por la línea horizontal que corta su reino con Zeus, alguna constancia de la verdad marítima, pero nada. Sólo miles de turistas, nacionales y extranjeros. Todo el mundo tiene un piso en Benidorm. Y cómo no si aquí está el mar con toda esta playa extendida para que la piel se tueste. Quién quiere estar lejos del mar.

Pero a la hora que salga la parte irracional del agua, cuando el peligro comience, nos va a encontrar a todos juntos, protegiéndonos unos con otros, los hooligans borrachos con su cerveza cada uno junto a los niños con sus palitas de arena, las suecas desnudas junto a los miles de madrileños que tienen su pisito aquí para el verano, los alemanes grandes y rubios que por ciento noventa y nueve tienen avión y pensión completa de fin de semana, y este sol. El gentío consumidor y alegre que estará aquí mientras haya verano. Porque el mar es terrible, devorador, destructivo; brutalmente atractivo y peligroso. Sobre todo allá adentro. Lo sabemos de sobra. Por eso todo el mundo se amontona en la misma playa, en el poquito de arena y paisaje que recrea un sueño de cuando apenas empezaba la especie. No, no pasa nada, aquí nunca ha pasado nada: la playa, el sol, los turistas, el verano…

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14 Julio 2007

Luciérnagas

¿Adónde están las cosas que sabemos? ¿En el recuerdo o en la imaginación? ¿O están allí afuera, en donde parecen estar y nosotros, que las sabemos, somos algo aparte de ellas? Lo enorme del cielo pesa cuando enfrente está el mar. Años de años hacía que no veía estrellas juntarse unas con otras y enhebrar su cháchara luminosa, pero ya veo que ahí están, conmigo y sin mí. La noche frente al mar tiene un tamaño distinto. No todas las estrellas son cosa seria, algunas, que se pasan de listas, son aviones que titilan, lo sabes cuando empiezan a reírse, y otras, que vi una noche en Veracruz, no en el Puerto sino en un lugar oscuro, cuando era muy joven, van tan lentas que se confunden: son los satélites, me dijo el tío de Eliseo, son los sputniks. El aire estaba seco aquella vez, como la hoja negra y fija de papel en que se escribe lo que no se ve.

Pero anoche no, anoche la humedad ponía jirones entre la aparición de luces ciertas y fingidas. Y vinieron a plática las luciérnagas. ¿Será que las luciérnagas son luces que ya pasaron y que nada más ven los niños? A Tencha le guiñaban el ojo cuando salía a esconderse con niños en el patio; Isabel, con un babidibú, se las encendía a Fernando; las de Milagros eran revelaciones cintilantes en los paseos por el Burgos de sus padres. ¿Y las mías? ¿También yo tuve luciérnagas allá afuera o las vi nada más en las noches de campamento, cuando las pilas de las linternas sordas untaban la luz de mantequilla en el pan de la oscuridad y el tiempo se detenía encendiendo sus ínfimos anuncios misteriosos? ¿O será que las fumigaciones masivas acabaron con las luciérnagas y ya sólo quedan en la mitología y en el cielo?

El mar -pobre, ya no le queda nada que no se haya sido dicho de él- está frente a esta terraza moviéndose con tanta calma que apenas se oye. Perezoso y denso da unos golpes en las rocas para no perder todo el prestigio y de paso empujar la tierra un poco. Unas son gaviotas y otras no sé si serán alcatraces, cormoranes, o vaya usté a saber; se fueron poco a poco hablando del gentío que hay ahora en esta costa, de la cantidad de construcciones que se han acomodado en la orilla para ver si se beben el mar. Se ve que se les hizo tarde porque ya no van solas. Aquí vamos a estar dos o tres días; ya les iré contando. ¿Y la cursilería?, pos me ha resultado inevitable. Sabrán perdonar.

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13 Julio 2007

Remota Altea

¿Quién puede imaginarse lo que será el futuro? Nos ocupamos con insistencia en lo que llamamos, con el corazón un poquito ahuecado como ala de gallina, del futuro de nuestros hijos, pero realmente, ¿cómo acercarse a una remota intuición de lo que puede ser el mundo en el que vivan? No hay oráculo ya en Delfos que pueda acercarnos a la incógnita imprevisible del futuro. Con esta inquietud me desperté. Hoy toca temprano porque hay que empacar unas cuantas mudas y coger camino; vamos hacia Alicante, a Altea, una de las puntas que sobresalen en el Mediterráneo y llaman a los navegantes fenicios, griegos, cartagineses, ofreciéndoles, dicen, paraísos. Lo más allá que yo he ido es Alcoy, pero no está en la costa; fui al poco tiempo de vivir en España por la curiosidad de ver dónde nacieron mis abuelos y los suyos, pero esta vez una amiga de Milagros nos presta una habitación a la orilla del mar, y como es julio y amenaza el termómetro con subir a cuarenta grados este fin de semana, se apetece la brisa del mar.

Mi bisabuelo Antonio empacó dos hijas y un hijo jóvenes -es decir, pensaba en el futuro de sus hijos- a fines del remotísimo Siglo XIX, y se fue para México a buscarse la vida, como tantos miles y miles de peninsulares durante algunos siglos; México era pobre, y España más. Mi abuelo Antonio se casó con mi abuela, tuvo sus hijos, su vida, y se murió veinte o veinticinco años antes de que yo naciera, de modo que ni el más remoto recuerdo quedó de lo que habrán sido aquellas buenas personas, ni un recuerdo personal. Ni su sombrero. Por no tener no tengo ni siquiera una frase que le gustara decir, una palabra que fuera suya y me fuera dicha con una pizca de devoción trémula, mucho menos de mi bisabuelo Antonio ni de mi tatarabuelo Antonio -tejedores, dice el acta de nacimiento de mi abuelo-, supongo que porque en Alcoy florecía la industria textil y en mi padre el silencio.

Pero no se trata de contarles el novelón de mis antepasados ni la impenetrable calígine del futuro, sino de que vamos hacia Alicante y de que el futuro es por completo imprevisible. Hay que apurarse porque es viernes y en cuanto la gente termine de trabajar llenará las carreteras; esa sobre todo, la de Valencia. Ayer Milagros dedicó muchas horas extra a ponerle a mi iBook un aditamento que me permitirá mantener el contacto con el mundo por vía telefónica a través de satélite, así que supongo que esta bitácora no se verá interrumpida. Altea, Calpe, Gorgos, Jávea, ¿no suenan completamente griegos estos nombres? Son poblaciones cercanas a donde vamos. Claro: el tiempo no es lineal, como la vida: termina y vuelve a comenzar. En fin, hay que apurarse porque el sol corre demasiado rápido en su carro de fuego. Si no funciona el modem no se preocupen, habrá un café internet, como cuando fuimos a Sanlúcar de Barrameda.

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12 Julio 2007

Adenda del 12 de julio

Esta conocidísima estrofa del Cántico espiritual, de San Juan de la Cruz, está siempre en litigio sobre si debe decir déjame o déjanme. A mí me gusta más la versión de las ediciones antiguas, que es la segunda, y aquí justifico por qué.

Y todos cuantos vagan
De ti me van mil gracias refiriendo
Y todos más me llagan
Y déjanme muriendo
Un no sé qué que quedan balbuciendo.

Son las almas que van ya en busca de Dios las que vagan, por eso pueden referirle gracias del amado, las mismas que van buscando y ya atisban, y lo dejan llagado con la llaga del deseo de estar en su lugar pues están ellas más cerca del objeto amado, por lo que al ir muriendo (ellas, esas almas afortunadas) le dejan signos difíciles de descifrar: un no sé qué que quedan balbuciendo. No es él (la esposa, el alma) quien muere, son las almas que vagan en trance de muerte, cuya voz terrena ya sólo es balbuceo.

Lo aclaro porque San Juan me hizo el favor de prestármela hoy para una promoción y no vayan a pensar que es errata mía (o de él).

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12 Julio 2007

Otra adenda, mismo día

Perdón, pero me parece oportuno añadir algo: hace algún tiempo puse aquí una receta de un pollo con sake que me quedó muy sabroso; hoy lo repetí pero le agregué un poquito de ajo molido y cambié el vinagre de vino por uno de sidra. Creo que los cambios fueron muy afortunados y por eso me atrevo a aclararlo.

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11 Julio 2007

Estado de conciencia

Este estado de conciencia tiene un nombre, pero no me sale. Como el de un soldado en la trinchera mientras amanece y no suenan los tiros pero se sabe que pronto empezarán. Es como el que debe tener un preso el amanecer del día de su sentencia. O de su liberación. Desdramaticemos: como el de los niños la mañana de Navidad o de Reyes. Me estuve haciendo una labor mecánica que no podía parar hasta las cuatro y media y tengo el hábito, adquirido de unos meses para acá, desde que hago esta página diario, de despertarme a más tardar a las siete y media. Y a las siete y media desperté. ¡Reporra, qué ganas de seguir en donde estoy! ¿Y qué pasa si me duermo una horita más? Luego me apuro y ya. ¿Y quién está esperando a una hora determinada la aparición de la bitácora? La labor mecánica que digo fue pasar a utilizable un largo directorio que me mandó un gentil lector para pirateármelo. ¡Y tenía tanto sueño! Total, que el estado de conciencia -¿vigilante?, no, es poco- me dijo: chiquito, son las nueve, ¿qué no te piensas despertar?

Luego, como tengo bula papal y dispensa eclesiástica, me puedo volver a dormir; igual debo estar en la cama reposando para que los líquidos que antier me pusieron actúen con eficacia. Cuatro o cinco días. Así que tampoco es para tanto. Nomás que la lista era de quinientas almas y las tuve que pasar una por una porque venían junto con otros datos y había que entresacar la pura dirección electrónica. Al ratito era una bala para hacerlo, metía ambas manos en la mecánica y pas, pas, una tras otra, pero eso no evitó que a las cuatro y media las manecillas malhoras se acomodaran en un altozano de la mesa de noche a mirarme con sorna. A veces, aunque me levante a tiempo me retraso leyendo algún correo personal o abro las páginas de los periódicos y me entretengo en las noticias, me distraigo comiéndome una gelatina o alguna fruta, y acabo empezando igual, a las nueve o nueve y media. Sí, pero ya bien despierto, ya consciente de lo que estoy haciendo y no en este estado de anonadamiento auroral que me posee.

Y lo peor es que no recuerdo ni una brizna de lo que estaba soñando porque ese, como quiera que sea, es un buen recurso: uno descabalga del escrúpulo pero se embarca en la memoria del sueño y corre a cumplir con su designio; digo, si uno tiene una misión que cumplir, si es que tiene que navegar, que llevar el encargo de una parte a otra, el recado salvador, la carta reveladora, el auxilio a tiempo, aunque le vaya la vida de por medio, cuantimás una levantada mortificante. No se puede recorrer un campo minado con los ojos entrecerrados y la conciencia pachorra. Ah, pero el motivo del desaguisado: agradezco tanto el directorio que cuanto antes voy a utilizar: quinientos más conocerán, desde el próximo envío promocional de este blog, en dónde hay canela fina.

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10 Julio 2007

Fénix a Marte

Hace unos días, concretamente el 22 de junio, reseñé una nota que me emocionó hasta la exaltación, la de unos científicos que estudian las características de los bosques que crecen en el Pico de Orizaba, el Citlaltépetl, entre Puebla y Veracruz, con objeto de prepararse para intentar la siembra en Marte de especies que crecen a tal altura y en condiciones climáticas tan difíciles. Busqué en Internet y encontré algunos datos de los participantes en el experimento, entre ellos el correo electrónico de uno, y le escribí; desafortunadamente no he recibido respuesta. No digo que esté desilusionado ni que haya perdido la exaltación, ni mucho menos: me entusiasma el hecho de por sí y mi intromisión en la cosa es un puro juego. Juego es, más bien sabe usted que tiene vueltas el juego, dice Sor Juana en una comedia. Un juego y una pizca de fe en que la palabra escrita sigue teniendo ciertos fueros en la cohesión de los proyectos humanos.

Y viene a cuento la recuperación de la página de ese día porque ayer informó la prensa que está listo para salir a su destino el año próximo un bicho interespacial que se va ir derechito a Marte, en busca de agua y de cualquiera de sus manifestaciones, incluso la vida, el robot Phoenix; dicen que llegará en unos meses y que para el propio 2008 estarán averiguando el remoto parecido de ese planeta con el nuestro en cuanto al agua se refiere. No es el primer intento, ya han llegado otros aparatos que han aportado información que ha permitido elaborar la teoría de que sí, de que hay agua, o más bien, hielo, que es una de las manifestaciones del agua, cuando está muerta, lo que no quiere decir que no sepamos cómo revivirla. Una de las formas de hacerlo es con los árboles del Citlaltépetl; cada semilla lleva en sí el calor que se necesita; una no pero millones pueden hacer transformaciones curiosas en el cosmos. Y digo esto no con visión científica sino poética.

Ya sé que son poquitos los lectores de esta página -aunque hayamos sobrepasado los diez mil la semana pasada- y que no necesariamente se mueven en las aguas de lo científico, que además casi todo vive en inglés, pero yo vuelvo a meter la pulga en la oreja por si acaso a alguien se le ocurre cómo activar ese encuentro que propongo. ¡Ah, si encontráramos cómo ser parte de esa eternificación de la especie! ¿Se imaginan lo que sería habilitar otro planeta -ahora ya solitos, sin los dioses- para habitarlo?

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