16 Mayo 2008

Una mañana tardía

¡Espabílate, marmota! Mira las horas que son y tú saboreándote un mango como si la vida se pudiera esperar toda la vida para que la tomes en serio. ¡Vamos, marmota! (Yo creo que las marmotas han de ser unos animales despaciosos, pesados y torpes porque de otra manera no me habría salido la palabra para usarla en estas circunstancias; no obstante, la voy a buscar en el diccionario, ahorita vengo, al cabo tengo toda la vida por delante… Pues sí, en efecto: la primera acepción, que es la descripción del animalito, no la pongo porque es muy larga, pero la segunda es “persona que duerme mucho”. Y no es que haya dormido tanto sino que se fue haciendo tarde porque la noche no la usé para dormir sino para dolores, ansiedades y especulaciones hasta que Milagros calentó una bolsita de semillas –pobre, no la dejaba dormir con mis revoloteos y zozobras-y me la puso en la mandíbula: Haz de cuenta que hubiera sido la varita de mi madrina el hada: nomás tocarme y me quedé dormido, pero eso fue hasta las quién sabe cuántas, antes no se nos ocurrió ni a ella ni a mí. Uno de los medicamentos asociados a la quimioterapia, que tiene como función recalcificar las vértebras para combatir la metástasis hace la gracia de alterar la estabilidad de los maxilares y a veces me sale una inflamacioncilla dolorosa en el derecho, como un pequeño tumor en el hueso y –ay- duele. Y esa era una de las broncas que tenía yo anoche. Porque hacia la madrugada no necesitan ser muy intensos los dolores para ser insoportables, con que estén ahí, puedan despertarte y sepan durar.

Otra era que vimos una película muy perversa que se llama Training Day, con unas actuaciones espectaculares de Denzel Washington y Ethan Hawke y una realización impecable de Antoine Fuqua, que trata del sórdido espacio que queda entre la ética y la supervivencia de la policía de narcóticos en Estados Unidos y el rito de iniciación de un policía nuevo. Parece que no, porque está uno acostumbrado ya a ver cosas tremendas, pero como está muy bien hecha, logra que uno se involucre moralmente con la historia; hasta un Oscar le dieron a Washington, que nos tiene siempre acostumbrados a la sorpresa por la credibilidad de sus personajes. Pero lo que pensaba es en lo ajeno y lo cercano que es ese mundo para nosotros; nos es familiar por la cantidad de películas que hemos visto en torno a las distintas policías de los Estados Unidos y nos es completamente ajeno al mismo tiempo; no se parecen esos policías ni sus conflictos ni sus procedimientos con los policías nuestros; cuando vemos el mundo de los policías mexicanos en el cine los vemos con una cierta vergüenza que parte del desprecio profundo que les tenemos; así los ha tratado el cine y esos héroes nos ha dado. Semejante a lo que pasa con los políticos y con los funcionarios; los gringos se ven complejos y capaces de rozar la épica aun en sus peores acciones mientras que nosotros nos vemos mejor en la caricatura.

Total –dice el poeta recogiendo el reguero de toses que ha dejado por toda la casa- que la mañana se fue en nada. ¡Cómo lo siento!

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6 Mayo 2008

Una reinvención de Supermán

Todos los cambios de generación modifican su sistema de símbolos y sus formas de comprensión de la realidad, eso hace que la cultura esté viva y que la inteligencia tenga siempre su buen aceite que la lubrica y evita que los engranajes se oxiden deteniendo las distancias que cada vez se necesitan para acercarse a los modelos eternos que debemos desentrañar en la búsqueda de las explicaciones de la vida. ¡Híjole! –piensa cuando termina el párrafo anterior- qué conceptuoso amanecí hoy, parece martes, o sería que las fresas del desayuno estaban tan apetecibles que desataron las ganas de ensartar semillas en el hilo del pensamiento. -Pero todo nace de que se quedó muy desconcertado con las novedades de Supermán. Estaba muy bien compuesto, representaba la fuerza oportuna para defender a los EEUU (y a todos los que queramos o aceptemos sumarnos en la cola del tren) y toda la idea del sueño americano, y no participaba de las debilidades de las personas, aunque tuviera la de estar enamorado de Lois Lane, un enamoramiento –sentimiento demasiado humano que le va pero no le va al Hombre de Acero- más o menos virginal que se alargaba fuera del tiempo y así podía continuar por inagotables sucesiones de capítulos fundido con las otras irrealidades manifiestas, como la insostenible pero siempre sostenida identidad oficial del héroe como Clark Kent y toda su secuela de incoherencias.

Pero esta vez tergiversaron todo. Se atrevieron demasiado. Me lo pusieron muy difícil de interpretar. ¡Cómo que Supermán vuelve luego de que ya había muerto y tiene un hijo con Lois Lane! y ¡cómo que Lois se casó con otro (muy buena onda, muy comprensivo, sí, pero) para taparle el ojo al macho! Es decir que hace unos años, en el tiempo mítico de la historieta, Supermán y Lois traspasaron los límites que a todos nos daban la seguridad de que en el amor podía perdurar el idealismo puro y aún ser profundo y eterno, y se entregaron a la pasión carnal (la verdad, no me los imagino, no quiero imaginármelos en ese trance. ¿Tendrá vello púbico él?, ¿emanarán olores propios de las intimidades de ella, de ambos?, ¿podrán acoplarse a un mismo diapasón y avanzar concertados hacia la conclusión de un orgasmo?, ¿tienen derecho a ponerme en esta circunstancia? Y el marido ¿qué?, porque resulta que en esta película Lois se juega el pellejo por rescatar a Supermán, pero es un pellejo que ya no le pertenece del todo porque tiene familia, marido e hijo. Y otra novedad: en la lucha contra Lex Luthor, adorable encarnación del sueño del poder total que el juego económico ha extendido por el mundo últimamente con reglas y leyes que permiten jugar a los más insospechados participantes, Supermán es herido físicamente, su enemigo le clava como un puñal en el costado una punta de unos quince centímetros de cristal de kriptonita; herida que atenderá oportunamente Lois para salvarle la vida, aunque el elemento profundo para lograrlo, la verdadera curación para sacarlo del coma, tenga un alto contenido espiritual: la confesión (en secreto, que la tenemos que deducir, aunque ya nos han dado todas las claves) de que es padre, de que ese chamaquito tan simpático es su hijo.

Pero ya está visto que no harán una nueva pareja americana con su casita precedida por un jardín en la que ella esté preparando una compota cuando el hijo superdotado regrese de la escuela mientras vemos en la televisión alguna de las hazañas con que el Hombre de Acero está, por enésima vez, salvando a la humanidad (ya sabemos cuál humanidad, esa que no comprende víctimas de sunamis ni de ciclones ni de hambrunas ni nada de eso).

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3 Mayo 2008

Padre nuestro

Vimos ayer una película excelente: Padre nuestro, primer largometraje de Christopher Zalla, un inmigrante keniano que vive en NY y que trata, por supuesto, de inmigrantes. Es un relato dramático de picaresca de mexicanos que se van a buscar destino a los EEUU. En el viaje de ida la casualidad pone juntos a dos caracteres encontrados, un muchacho soñador e ingenuo, Pedro, que va a buscar a su padre, creyendo, con la poca información (fantasiosa) que le dejó su madre antes de morir, que es un próspero propietario de un restaurante, y otro muchacho, Juan, más o menos de su misma edad, pillo, astuto y tan necesitado como el otro de resolver su situación de inmigrante sin papeles. Al llegar a NY, Juan le roba la bolsa a Pedro, y con ella prácticamente la identidad, y se presenta ante el padre (Diego -Jesús Ochoa- lavaplatos de un restaurante) fingiéndose Pedro. A partir de aquí se desarrolla un drama moral de magnífica altura, hecho con credibilidad, dignidad y solidez técnica, tanto de los actores como de los elementos responsabilidad del director. Diego rechaza en principio su paternidad y pone de manifiesto el conflicto permanente con el pasado que representa la madre de su supuesto hijo, hasta que poco a poco, con la constancia y astucia del muchacho y las propias consideraciones acerca de su realidad solitaria y triste, comienza a ceder sentimentalmente a la idea de ser padre y tener la responsabilidad de un hijo. Mientras tanto, el verdadero Pedro, que recuerda confusamente la dirección, al ver la casa de Diego duda de que sea porque lo supone un acaudalado empresario y no un lavaplatos pobretón, y continúa buscando; se encuentra por azar con una chica latinoamericana, también inmigrante, sola y que se busca la vida como puede sin muchos escrúpulos morales; por esas incomprensibles simpatías involuntarias acaban aceptando cada uno la cercanía del otro y Magda comienza a actuar involuntariamente en la transformación moral del chico, indispensable para sobrevivir. Diego es trabajador, cumplido, constante y muy ahorrativo, de modo que en algún escondite que busca el falso hijo en la casa debe estar guardado el dinero que no gasta, pero no lo descubre. Al final, el más puro azar lleva a encontrarse y a enfrentarse a los dos jóvenes, con lo que se precipita la resolución del drama. Las transformaciones en los sentimientos y en la personalidad de Diego corresponden a una actuación plenamente madura de Jesús Ochoa, un actor de primera línea del cine mexicano. El resto del reparto tiene también buen oficio y están dirigidos con buena mano y buen ojo por un director que sabe perfectamente que lo que quiere contar es una parte del drama masculino de los inmigrantes. El que me sorprendió es Eugenio Derbez, un actor cómico que ha hecho una brillantísima carrera en Televisa y que aparece aquí en una no muy destacada –por la propia historia, no por su desempeño, que es impecable- primera parte, como galopín del mismo restaurante en que trabaja Diego y amigo ocasional de éste. Primero pensé que estaría comprometido como productor o como inversionista pero no aparece ningún crédito que lo justifique y no me queda más que creer que es un acto de humildad, muy meritorio, de alguien que está en una edad y en una posición profesional idóneas para dar el salto y convertirse en un actor completo y versátil, que lo puede ser sin duda.

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4 Abril 2008

La película de anoche

Pues no –se despertó pensando-, porque para eso se hacen los lenguajes y los códigos, para sustentar el peso de lo que se quiere comunicar que luego se matiza con los detalles, con lo particular, y aquí, en esta película de Brian de Palma que vi anoche, el lenguaje cinematográfico disimula, por decirlo de algún modo, la verdad, le quita el peso universal que debiera tener y la deja en un caso anecdótico, desagradable, sí, reprobable, pero humano, y peor, de muchachos, que para que la sociedad se quede tranquila, cargan con el peso de su culpa sin miramientos. La película se llama Redacted y cuenta la violación y muerte de una chica de 15 años en Bassora, Irak, llevada a cabo por un par de soldados gringos junto con el asesinato de la madre, la hermana menor y el abuelo inválido de la víctima. Un pequeño botón de escabechina en medio de la masacre brutal de la ocupación del país por las tropas más poderosas del mundo.

Cada soldadito lleva ahora a la guerra su propia cámara de video y hace su crónica personal de los hechos y con ese subterfugio de Palma quiere hacernos entrar en un mundo no manipulado por los medios o por el poder sino directo, real, palpitante, pero lo que hace es llevarnos por un ficticio cine de aficionados en el que las cosas pudieron ser de otra manera pero esto es lo que los muchachos grabaron como cine verdad, difícil de sostenerlo ante un pesado y defensivo aparto judicial que va a anteponer la necesidad y la honorabilidad de la guerra, siempre dispuesto a mirar de lado sus pequeños inconvenientes humanos. Claro que en la guerra pasan cosas desagradables y hay gente muerta, pues para eso son las guerras, y desde cuándo, que alguien lo conteste con autoridad, desde cuándo se abolió el antiguo privilegio bélico de tomar a las mujeres de los vencidos. Para colmo, pone el testimonio de una histérica feminista que acusa al violador de fascista poniéndolo mucho peor de lo que aparenta ser y le quita importancia a su personalidad y a su delito.

El material natural con el que los chicos armados se entretienen durante las interminables horas de un cerco tenso y árido, de constante amenaza y muertes selectivas a manos del “salvaje enemigo” árabe, son revistas pornográficas, alcohol, barajas y conexión directa a internet, de modo que no se la pasan rezando, por más que hay uno que lee libros de literatura pero sin riesgo de mensaje muy válido porque es señalado todo el tiempo como raro y, para colmo, es el que al final tiene cargos de conciencia.

En fin, ve muchas películas nuestro hombre porque está muchas horas quieto en casa procesando sus inclemencias de salud, aunque ayer se lanzaron a un paseo bastante largo en busca del sillón reclinable y otras minucias para hacer más llevadera la quietud; el lunes próximo le toca de nuevo quimioterapia y eso representa por lo menos una semana de no hacer nada ni prácticamente salir a la calle, más que al hospital. Y quiero agregar –agrega como acusándome aunque no encuentra la evidencia- que no me gusta que ahora todo mundo les llame nomás pelis a las películas, me parece cursi, tan cursi como decir porfis en lugar del contundente por favor. Aunque me disculpo de antemano por este final de página de viejito cascarrabias, dice dando por cerrada la discusión de una película que le pareció aburrida e ineficaz.

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23 Marzo 2008

Lúgubre, lóbrego

Le oí decir anoche en una de esas meditaciones intrascendentes que apuntan algo como para ver si jalan al alma y se sumergen en algún agua profunda, el alejandrino de Rubén Darío que otras veces ha relucido por sitios semejantes de su conciencia: la pérdida del reino que estaba para mí. Le ocurre con frecuencia cuando repasa de cierto modo memorias de la niñez y de la adolescencia. Pero luego los derivados de su acercamiento son tan vanos y vulgares que opta por recordar a Darío mejor que por pensarse en él. Sé que tiene que ver con su conciencia y la culpa pero no me atrevo a interpretarlo si él no da licencia, si interrumpe el discurso propio y me deja batallando con conjeturas que no me corresponden. De modo que lo seguí por las peripecias del sueño a ver si aparecían señales, y al despertar la primera vez le surgieron al hilo palabras no reveladoras: lúgubre, sombrío, lóbrego, funesto, sórdido; quedéme taciturno y me volví a dormir junto con él porque no les puso enjundia. Acabé pensando, a la segunda o la tercera despertada en la que volvieron a aparecer tales floridas palabras, que se podía referir a la Semana Santa.

Aquí no; aquí y ahora es una fiesta; el sacrificio que se hace para cargar las parihuelas sobre las que bogan las figuras de la Pasión se ve animado por sentimientos de una religiosidad demasiado inmediata, urbana, callejera; una religión de comer y beber, de presumir y bailar. Lástima que desde el año pasado decidieron cambiar el pagano recorrido de una de las procesiones, la del Cristo de Medinaceli, que pasaba justo bajo mis balcones y desde allí la mirábamos y nos encandilaba su música penetrante, sombría en apariencia pero trufada de azúcar y canela, y su oropel fantástico de alcoba cuidado con el esmero de una matrona que a través de sus figuras evoca los días del baile y la fiesta, los días, necesariamente discretos hacia fuera pero llenos por dentro de señas del amor carnal. El público estalla en aplausos cuando los costaleros, los cuarenta o cincuenta fortachones que cargan la pesada plataforma, logran hacer un coordinado paso de baile que mueve las figuras divinas rompiendo la solemnidad de toda la apariencia.

No; yo creo que las palabras fúnebres surgieron de la visión de la película de Mel Gibson, porque la vimos esta semana como opción temática, y es espeluznante (Yo, claro, la vi arrinconadito en mi sitio de narrador que en todo está.) La cantidad de dolor y sacrificio acumulados sobre el personaje va más allá de toda explicación física o terrenal: quiere alcanzar el mito e instalarse entre las causas de lo divino, sólo los dioses pueden con cosas como ésas. Nada que ver, insisto -pensaba él-, con los bañados y perfumados cristos de las procesiones callejeras de por aquí. Y no sé si este contraste, este violentar por dentro algo que aunque rechazo reconozco como parte inevitable de un fundamento de identidad es lo que anoche, al vuelo, como tantas otras veces me hizo pasar por el rabillo de la memoria los versos de Darío, que cito igual, de memoria “y el dolor de no ser lo que yo hubiera sido, la pérdida del reino que estaba para mí, y el sueño que es mi vida desde que yo nací.”

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8 Septiembre 2007

La última de Tarantino

Empieza por el final: the end es la clave para comenzar a reírse, a aplaudir, y aquellos muy intelectuales, a reflexionar y discutir. Desde mi punto de vista como humilde espectador que va sin querer al cine -sino que nos salimos a caminar un poquito y nos quedó de paso la provocación: ¿qué? ¿nos metemos?, pus órale, death proof, de Tarantino; ya ni se toman la molestia de traducirlas, total, nos las aprendemos en inglés-, desde mi punto de vista, digo, es demasiado larga, reiterativa y con poca acción a pesar de ser una película de pura acción. Un ejemplo raro de película de acción aburrida. No sé cómo interpretar el título (contra muerte), por eso era bueno que les pusieran nombre en español, pero ya para qué; vamos a tener que empezar de nuevo con la experiencia del cine al que cada vez nos gusta menos ir. Va todo de regreso porque Tarantino ha puesto un punto final. Después del fin de la película vemos el desenlace fatal propinado por el pie de una de las chicas en la cara del ilustre protagonista, seguido de lindas fotografías de muchachas bien peinadas, típicas gringuitas de los sesentas y setentas. Una nostalgia también fuera del tiempo. Un mundo que se acabó. Lo que fue femenino no volverá a ser. O, lo femenino no volverá a ser esto.

Debe estar en todas las ciudades del mundo exhibiéndose al mismo tiempo, así que todos en el planeta tenemos una misma experiencia simultánea. Ahora, que cada quién la vivirá de acuerdo con los elementos con que interpreta las cosas que suceden; o que podrían suceder, como ocurre en la ficción. En todas las ciudades del planeta en las que han logrado que sus productos cinematográficos se impongan sobre cualquier producción local, digo, porque creo que hay algunas en latitudes muy remotas en las que se han resistido y ahí, aunque llegue mi blog, no tendrán la experiencia compartida de haber visto la última película de Tarantino y no entenderán mis pros y mis contras: es larga, de trama poco interesante y de un transcurrir tan lento que decepciona, aunque su lenguaje siga siendo único y ejemplar, y el ojo con que Quentin mira a las mujeres sea asombroso: notables aunque hagan un papelito, cómo sabe mirarlas, cómo les descubre la belleza y la sensualidad desde adentro del alma y la saca a la pantalla.

Lo mismo que la violencia. Muchos pretextos argumentales había en las otras –porque yo las he visto todas, me encantan-, aquí ya no, y ese es el defecto, según yo. Aquí hay dos secuencias de historia similares en las que plantea un modo de proceder con unas consecuencias determinadas, y otra posibilidad, que rubrica con un the end magistral. Un stunt man pervertido, arquetípico, feo pero con una fuerte carga de simpatía y con una gran cicatriz en la cara, propietario de un coche arreglado para hacer escenas de gran violencia en el cine, se divierte estrellándose contra el coche de un grupo de chicas que por supuesto acaban destrozadas, muertas todas. Se apresta para repetir la experiencia, que es lo que le calienta, pero las chicas le resultan preparadas y dispuestas a enfrentarlo. El pobre hombre se derrumba cuando se da cuenta de que han dejado de tenerle miedo y van tras él en sus mismos terrenos. Las escenas impactantes de persecuciones de coches atruenan la sala y machacan los oídos de los pobres espectadores. Las mujeres son como cualquier héroe de historieta, indestructibles, elásticas, implacables. Y acaban con él. De igual a igual, sin subterfugios –de eso trata la película-, se sitúan por derecho propio en el territorio moral de la violencia.


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