14 Junio 2008

Diálogos de don Melón y doña Endrina

-¡Válgame, doña Milagros!, las horas que son ya y yo todavía en piyama cuando ya el sol está tan alto que alcanza a asomarse en el escote de las muchachas que se pasean con sus camisetas de verano por la Plaza de Canalejas, y los pucheros ya deben estar ardiendo en todos los fogones a punto de que lleguen los comensales con la desesperación alegre del hambre de medio día, y yo en estas fachas.
-¿Pus qué le pasó don Alejandro, por qué se le hizo tan tarde si normalmente se despierta usted temprano a escribir su página aunque luego vuelva a buscar el calorcito y se acurruque para engullirse otra horita de sueño?
-Ora verá, doña: ¿sintió que me pasaba la noche sentándome a cada rato en la orilla de la cama?
-Y cómo no lo iba a sentir si hacía un movimiento de colchón que parecían olas de mar encrespado.
-Bájele, doñita, bájele, que tampoco era para tanto; lo hice con la mayor discreción que pude. Pero es que tenía un sueño incomodísimo como todas estas noches que han pasado que quién sabe por qué me tienen soñando desfiguros.
-¿Y cuáles eran ahora, si no es romper la discreción debida?
-No, si yo creo que son a causa de los medicamentos. Pero déjeme que le cuente, nomás acomódese aquí cerquita para que sienta un poco de calorcito y me conforme con el doloroso destino que me ha tocado.
-No se ponga dramático, don Alejandro, porque luego se me acaba recostando en el pecho como criatura y me deja a un lado la narración; nomás acuerdo y ya va a estar roncando.
-Pues qué le cuento, que había un muchacho que era digamos que el responsable de la continuidad del sueño, como hay siempre, nomás que en los otros sueños había habido una masacre, a todos los habían engañado para ir eliminándolos y los asesinos eran los que tenían mi papel en el sueño, de modo que yo estaba esperando a ver a qué hora me tocaba matar al mío, pero yo no tenía ninguna intención de liquidarlo sino que lo que quería era que alguien me diera garantías de que íbamos a pasar completa la noche sin sobresaltos y yo -¡por fin, por caridad de Dios!- iba a poder dormir de corrido, pero como no tenía sino sospechas, me incorporaba a cada rato como buscando la tribuna para protestar y pedir salirme del sueño.
-¡Álgame, qué pesadilla!
-Y claro, amaneció sin que yo hubiera completado ni un pequeño porcentaje de la canasta de reposo que necesitaba para levantarme y estar medianamente apto para trabajar, o como quiera que usted le llame a escribir esta página cotidiana que le da la vuelta al mundo cada veinticuatro horas llevando, así como el meteorológico el clima, el humanológico de mi estado de salud y ánimo.
-Y me consta que hay quienes lo esperan con ansia, don Ale, no necesita ponderarlo.
-Pues entonces resultó de todas esas levantadas que se precipitó la luz, yo creo que con mis movimientos, y se hizo de día, y si de noche no había podido dormir un rato de corrido, ya con el día metiéndose por las ventanas, contimenos. Por eso vio que andaba yo buscando algún rinconcito oscuro de la casa en donde engañar al sol para que se fuera por ahí a divertirse y me dejara un par de horas, nomás que no pensé que se me fuera a hacer tan tarde. A ver, doña Milagros, hágase tantito para acá, véngase más cerquita, que así voy a tratar de acordarme qué más encomiadas figuras tenían aquellos horribles sueños.
-¡Uh, don Alejandro!, ¿pero por qué no acaba primero con lo primero y luego nos acomodamos para descansar otro poquito? Mire, baje esta mano porque si no ni usted acaba ni yo me apuro.

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20 Mayo 2008

Pesadillas

Nada hay más terrible que las pesadillas. Por eso tienen tan mala fama. Yo no sé si en todas partes pero en mi casa las atribuyen a la luna, aparte de las más embarazosas que provienen de la mala digestión. Las peores experiencias de la vida se comparan con pesadillas, se dice que aquello fue una pesadilla cuando un capítulo cualquiera de nuestras vidas mereciera ser borrado de la memoria por espantoso; cualquier cosa, si cambia su signo de normalidad y nos hace inscribirnos en el sufrimiento, en lo incomprensible, en el dolor más intenso, pasa a ingresar el horroroso mundo de lo que llamamos las pesadillas.  Y vale lo mismo para lo personal que para lo colectivo. Un terremoto, un ciclón, un tsunami, una guerra civil, un golpe de estado, un bombardeo indiscriminado sobre la población indefensa, pueden inscribirse con absoluta legitimidad en la categoría de pesadillas. Aquello ante lo cual la adversidad se impone impidiendo toda acción correctora y ejerce su poder destructivo sin que haya fuerza que se lo impida. Y pocos gestos hay que se agradezcan tanto como el de alguien que se da cuenta de que estamos sumidos en una y puede despertarnos, traernos a otro plano y serenarnos con su generosa explicación: ya, ya, tranquilo, tenías una pesadilla, llorabas y gritabas en sueños, estabas sudando y te revolvías como poseso; ya pasó, ya pasó.

La mía de anoche no sé de qué versaba; la traje hasta la vigilia, abrí los ojos, me incorporé, di instrucciones, expliqué lo que sucedía –sin secuencia lógica, por supuesto, sin que la razón pudiera entenderla o interpretarla- vi la hora y el orden de las cosas de la mesilla de noche, traté de imponerme, y aun creo que fue más de una vez que ocurrieron estos movimientos; me rebelé ante la quietud que demandaba el sueño para seguir desplegando su putrefacta jalea; no me importó que Milagros durmiera, yo, como un militar en plena batalla, trataba de ser obedecido por mis hombres –Milagros entre ellos, por supuesto-, que cada quien tomara su lugar y respondiera con la fiereza y el tino necesarios para acabar con aquello; ni las piernas ni los pies ni el fatigado cuerpo podían quedarse quietos; yo los llevaba a la posición horizontal para disciplinarlos y que volvieran al sitio que les correspondía pero algo dentro de mí los incorporaba de nuevo y con creciente agitación procuraba confundir la realidad con el sueño.

¿No quieres que te haga una tila?, dijo la voz de Milagros saltándose todas las trancas de la cerca en que estábamos inmersos, y se levantó, salió de la habitación, me dejó a solas batallando con una convicción que se deshacía como azúcar en el agua. Tal vez fue entonces cuando comprendí que se trataba de una pesadilla, o quizás fue después, cuando tomaba la infusión abismado ante el vapor que salía de la taza. Luna llena, martes    20 de mayo. El resto de la noche fue un tiradero que me llevó a la madrugada entre cúmulos de desperdicios hasta el vislumbre de la mañana que se negó a recibirme con placidez para reparar un poco los estragos de la pesadilla; la cama me arrojó de sí demasiado temprano pero tan estragado, tan maltrecho que no pude centrarme en nada, ni escribir ni leer ni pensar: todo yo, puro despojo de la noche de pesadilla.

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22 Abril 2008

Perdí un Mercedes Benz

Me había prometido que hoy tomaría a como diera lugar otras rutas para estos recorridos por mi vida cotidiana –sobre todo los oníricos, que pesan ya tanto en las resmas del cuaderno, como si allí fuera donde estoy procurando ciertas soluciones pendientes-, que buscaría otros momentos y sobre todo otras formas de presentarlos, pero no puedo dejar de relatar lo que aconteció porque estoy seguro que tiene que ver con las decisiones que tome en adelante. Incluso la de seguir utilizando un narrador que me arrebate en ocasiones las palabras de la boca. Sufrí una transformación asociada a un ataque de la mafia internacional y durante la noche perdí un Mercedes Benz. Ya tenía pactado y allanado el camino para reconstruir un “bolita” 180 o 190 modelo 58-59 y vistas y en muchos casos probadas las partes que, no me cabía duda, eran legítimas; todo era cosa de que, durante la sección dura del sueño con los orfidales, fuera recogiendo estas partes  y accesorios y llevándolos al taller del reconstructor que en su momento me tendría el vehículo entero y precioso para cumplir con el compromiso contraído en algún momento con una dama. Sé muy bien en dónde fue que aprovecharon un descuido mío para cambiarme la jugada: me tomé dos vasos de mezcal anoche, con unos poetas que vinieron a cenar a casa, y en lugar de ingresar al subterráneo de las pastillas para dormir que dieron su campanada a las tres de la mañana, me quedé en un sótano superficial en donde las cosas fueron muy distintas a partir de las 4:42. A esa hora vi el reloj y me di cuenta que estaba en un sitio peligroso: poco a poco me fui explicando el por qué llevaba un buen rato revolviendo chatarra que nada tenía que ver con mi búsqueda privilegiada; sentí en la nariz el tufillo del alcohol asociado a una incipiente irritación constipatoria que provenía de los recorridos que ya había hecho por los deshuesaderos en donde pura porquería se me ofrecía asociada a amenazas que no podía precisar porque estaban envueltas en el ominoso misterio de la noche, la suciedad y lo inservible. Comprendí que había caído en manos de la mafia y que ya nunca podría reconstruir el modelo pactado. Tuve que hablar con ella para aclararle los términos de mi dificultad, pero ella parecía ajena al interés y muy lejos de la comprensión de lo que quería yo expresarle con mi extrema preocupación. No obstante, mi pundonor hizo que varias veces, aun lastimándome las manos al jalar piezas metálicas retorcidas de entre montones de chatarra, tratara de remontar la situación que poco a poco iba comprendiendo con más claridad: a cierta hora o en determinadas circunstancias, cierran los accesos al nivel profundo en donde probablemente algunos afortunados puedan llevar a cabo su propósito inicial –hasta huele distinto- y a quienes encuentran en algún descuido o debilidad los ponen en ese otro nivel del que nunca lograrán obtener nada.

Estoy avergonzado y compungido; siento en la nariz la acusación con que el mezcal me está llevando a tribunales desde que comenzó a clarear el día, cuando yo me empecinaba aún en tratar de bajar a los estratos profundos en donde están las piezas verdaderas, las que vienen ya pintadas y cromadas y sólo hay que ensamblarlas procurando no maltratar la pintura para que una vez que se puedan sacar a la superficie luzcan como uno se imaginó antes de caer en manos de los mafiosos, y que brillarían con toda naturalidad, con la naturalidad preciosa de las cosas de valor.

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19 Abril 2008

Origen frutal de la tos

Por nada del mundo quiero repetir una lección ya dada y estoy seguro de que ya expliqué el origen frutal o material del registro de las toses: cómo hay toses de membrillo, toses de pera, de guayaba, de limón, de tejocote; ¿o no? Llevo más de cuatrocientas veinte páginas –qué bárbaro, no me he medido con mi propia desmesura, ya podría yo escribir a veces sí y a veces no, tituladas diario arbitrariamente, y aunque reviso a vuelo de pájaro no encuentro toses de frutas o algo por el estilo- pero porque siento que se trataría precisamente como de dar una cátedra repetida –y juro que lo que menos me interesa en la vida es darle a nadie enseñanzas de nada y peor, ser machacón-. Todos creemos que la tos es una irritación común determinada de la dermis que conforma el cuerpo de los conductos por los que entra y sale el aire que nuestros incomprensibles órganos necesitan procesar a través de los pulmones para mantener en movimiento el mucho más que misterioso asunto de estar vivo, para que el corazón siga su pim pum acojinado y todo lo demás mueva la manivela de su propio sonido en la orquesta.

Pues he descubierto –y aquí el hombrecillo baja un poco la voz, entrecierra los párpados para hacer notar que va a decir algo en corto, que hay que atenderlo con especial cuidado- lo siguiente: las toses las mandan preparadas con distintas frutas y la salvación de la víctima, a quien no le avisan, por supuesto, con lo que se puede encontrar ni le mandan instructivo para detectarlas y, en su caso, para disfrutarlas, consiste precisamente en dirimir pacientemente de qué fruto se trata y luego irlo consumiendo con plena conciencia hasta poder tirar el bagazo ya sin nada que aprovecharle. Si es de guayaba, por ejemplo, sentirás al principio –no creas que es fácil descubrirlo, lo mandan más que disimulado para que la mayor parte de los ajusticiados de esta manera jamás perciba el truco- un gustillo agrio y una especie de cascotes que te ametrallan las paredes de los bronquios; sentirás también esa áspera raspadura de la guayaba un poco verde que al rozar la piel deja un ligero escozor del que luego van brotando entre el ardor, como colores renovados, los matices del perfume inconfundible de la fruta.

O puede ser de tejocote y entonces te encontrarás con una tos casi sin pulpa pero con los huesitos muy presentes removiéndose y ofendiendo las paredes de los tubos respiratorios como dados en un cubilete –pobre fruta cuyo parentesco con el níspero no la salva de ser tan silvestre que jamás podrá vestir las galas de la envoltura pieza por pieza en los mostradores del mercado, ni siquiera ya la venden en los súper mercados; si quieres comprar tejocotes para hacerte un ate o para integrarlos al ponche tienes que ir a los mercadillos marginales y lejanos, en donde los pobres todavía encuentran vínculos con el pasado, aquel en donde ibas por tu camino y arrancabas una fruta del árbol y te la ibas comiendo para tu consolación. Pero, en fin, propongo a cada quien que haga su propia escuela de sabio cuando le toque el martirio de toser toda la noche y se fije que aunque vienen como los camotes de Puebla, de sabores y envueltitas una por una en papel delgado, sean de mango o de frambuesa, de piña o de fruta de la pasión, lo único que uno quiere a esas horas es que se vayan directamente a chingar a su madre.

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18 Abril 2008

Queja ante la autoridad

Esto no es dormir, señores del jurado, ni descansar ni cumplir con las elementales necesidades de un ser humano cualquiera que ve llegar la hora de su reposo, se apresta, resigna sus ímpetus vitales –tampoco es tan fácil decir bueno, ya es hora, ya hay que irse a dormir: si no hubiera leyes y acuerdos, uno no perdería el tiempo en rellenar todos los símbolos del ritual: la piyama, la almohada, el edredón, la lamparilla dirigida, la pastilla somnífera, la oscuridad, por fin-, se somete y espera un trato digno de parte de la noche cuyo encargo universal consiste en aportarnos la jocunda quietud que nos devuelva poco a poco el material que acabó desgastado en la anterior jornada, sin hacerla mayormente de pedo sino poniéndose con sus características a nuestro lado y abiertamente de parte de nosotros sin fisuras de comportamiento y dejándonos llevar a cabo los dos polos del proceso natural y cultural que es dormirse relajadamente durante equis número de horas que cada quien necesita para sentirse bien. Lo que me han hecho no se vale. Y me gustaría llevarlo a más altas instancias.

Ni dos horas habían pasado, señores –y con el dedo señala el sitio donde debieran estar los rostros compungidos de los miembros de un jurado imparcial que tuviera autoridad para resolver el caso- ¡ni dos horas! y ya me estaba despertando la tos que me hizo levantarme tambaleando para ir a orinar; qué raro –pensé- pero cumplí con el requerimiento y volví al redil en donde en lugar de profundizar en los meandros apenas abandonados, fui llevado a una caverna oscura en donde a cambio de algún término habitual que pudiera acomodarse y ayudar al organismo a disimular, me fue introducida en la garganta, de manera arbitrariamente provocada, una palabra áspera y dura, incómoda y rasposa que ni es como estaba ni significa lo que en esos momentos significaba ni tenía por qué abusar de mi inocencia; la palabra era ascona y se trataba de una piedra alargada que al paso del aire me rasgaba las paredes de la garganta; no azcona, el arma arrojadiza vasca que, total, en algún momento pude emplear para lanzarla contra algo o contra alguien, sino una vil e inflexible ascona que no existe ni significa nada y que a todas luces (o a todas tinieblas, más bien) fue una engañifa para tenerme semi despierto tratando de arrojarla a toses de mi garganta y para obligarme a buscar soluciones razonables –como pulirla, hallar otras similares para intercambiar buscando una menos incómoda, devanarme los inactivos sesos tratando de comprenderla- en lugar de entregarme lisa y llanamente al reposo.

Bufa, está furioso, si fuera todo un escenario de cartón piedra, de forillos pintados, ya lo habría hecho pedazos; tuvo el ímpetu primitivo y animal de vomitar el analgésico que se tomó como primera medida para comenzar su propia defensa y ahora mira con ojos de fuego que allí, en ese estrado ilusorio no hay nadie, que ni siquiera hay tal estrado sino el día encendiendo sus luces y advirtiendo a todos, súbditos y víctimas, que lo que hay es lo que hay; si te acomoda, bien, y si no te conviene ve y busca una autoridad superior ante la cual quejarte. O mejor, y te lo digo yo que he vivido toda clase de situaciones difíciles, trata de volver a dormirte aunque sea un ratito. Vas a ver que te despiertas de mejor humor.

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15 Abril 2008

Ejemplo mundial

Pues muy alto puso el listón de la política el renovado presidente del Gobierno de España con haber nombrado Ministra de Defensa a una mujer joven, y para colmo, embarazada notoria. Claro que esto último no debería significar nada porque en dos o tres meses lo del embarazo será púramente anecdótico y Carme Chacón, una catalana joven al frente del ejército de España, será, sin adjetivos, una mujer que seguirá dedicada a la política con un cargo de alta responsabilidad; una entre las nueve ministras que hacen mayoría de género en el gabinete: ellas, nueve, y ellos, ocho. Para mí debiera ser noticia de primera plana en todos los periódicos del mundo con encabezados como “España da un gran paso y cambia las reglas del juego”, pero el ejemplo está todavía demasiado crudo para la mayoría de países. Yo, por lo pronto lo veo con asombro, admiración y esperanza, aunque no dejo de oír en la radio de los obispos, que hoy sí encendí tempranito, a los detractores a quienes todo esto les parece grotesco y desfigurado, motivo de burla, sarcasmo y descrédito completo para el gobierno. Celebro que por fortuna sus adalides no hayan ganado las elecciones.

En esas estaría nuestro hombre, regodeándose con pensamientos de anoche, cuando se despertó de golpe con un ataque de tos que se veía nítidamente venir de la derecha; fueron las plataformas acolchadas –qué casualidad: eran azules- sobre las que dormía las que provocaron, uno por uno, los ocho brotes simultáneos de la tos -¿cuáles ocho? ¿ocho, por qué? ¿las ocho partes en que se divide el cuerpo y que necesitan reposo por separado?- y se dio cuenta de que desde esta posición le estaban ideologizando la enfermedad y causándole los estragos de no dejarlo dormir. Por lo menos, es evidente que no hacen nada para ayudar porque podrían guisarme otras posiciones más cómodas, en las que no despertara con los huesos del costado derecho adoloridos y pudiera reacomodarme para seguir siquiera otras dos horas; me dormí a las dos y son las seis, no hay que ser. Pero las posiciones resultaron irreductibles. Ok –pensó-, hay que ser consecuente con las posturas que uno adopta, y se levantó con un dejo de desprecio hacia el lado derecho de la cama y sintiendo las molestias de su cuerpo en el costado correspondiente.

Urdió entonces tomarse un analgésico como estrategia política para defenderse, y lo ejecutó. Acto seguido, se sentó a escribir en una habitación con luz dándose cuenta, como quien sale de un bar muy de madrugada, que las brumas se quedan allí y no van con uno, y tampoco estaban en contra; estaban allí porque así es la condición de ciertos bares. Comenzó entonces algunas deducciones que le vinieron con la claridad del día que empezó a colarse: es posible que la cama no tuviera la culpa, pensándolo bien; es más, cabe la posibilidad de que ni siquiera esté influida por ningún partido; esperaré un rato más a que me acabe de hacer efecto la pastilla e intentaré dormirme otra vez, quizás podamos llegar la cama y yo a un acuerdo para que ambos iniciemos una etapa de respeto y diálogo. Pero qué contento y admirado estoy por los cambios ejemplares que se ha atrevido a hacer el renovado Presidente del Gobierno de España. Ya se ve que no es una fatalidad que siempre ganen los malos –dijo mientras iba buscando de nuevo el calorcito del edredón-.

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29 Marzo 2008

El cíclope

El primer acontecimiento inesperado fue un gran concierto en la cripta de la iglesia; me sorprendía que hubiera montones de lugares vacíos porque el concierto era francamente sublime. Aunque me parece que no había sido anunciado lo suficiente. Había un curita nuevo, joven, con un ojo descompuesto por alguna grave infección o enfermedad degenerativa, recién llegado de los alrededores rurales de la ciudad. En apariencia, este joven no tenía nada que ver con el concierto. La iglesia estaba bajo la responsabilidad de un cura mayor, conservador, buena persona y con poco empuje para emprender grandes acciones. La cripta, con todo y haber funcionado en sus primeros tiempos como templo auxiliar, mientras se construía la nave en la parte superior, tenía un cupo nada despreciable y sobre todo, una disposición ideal para ser usada como sala de gran concierto. El siguiente programa –inmediato al anterior, me parece- corroboraba la altísima calidad del primero pero tampoco estaba lleno.

En un descanso de la música, mientras había bulla y boruca general, sonó un teléfono atrás de una butaca de la última fila. Contesté oficiosamente. Era una madre de por ahí que quería hablar con su hija que debería estar en alguna parte de la iglesia. No recuerdo la argumentación con que rechacé su encargo de buscarla.

Pasadas las dos de la mañana me levanté con inevitable premura y una diarrea galopante. Mantuve los ojos cerrados la mayor parte del tiempo y no dudo haber conservado un buen porcentaje del estado de somnolencia durante el cumplimiento del acto. Pero de lo que me di cuenta es de que todo el barrio, absolutamente todo, estaba listo para ser cosechado de una especie de uva morado grisácea, ya madura y en promesa de abundantísima riqueza; todo, arroyo, aceras, balcones, estaba cubierto por aquella vendimia que era, evidentemente, colectiva, y debía estar a punto de ser empezada a recoger por las cuadrillas integradas con la gente del entorno.

Un par de horas más tarde quizá –no creo haberme vuelto a levantar, pero podrían ser las cuatro- los mismos espacios estaban cubiertos de una segunda siembra, también ya lista para la recolección, aunque esta era blanca y aunque abundante y bien lograda a vista de lo que podía apreciarse, de menor valía que la anterior. Corrí a la iglesia; ahí estaba el curita, flaco, desgarbado, vestido a lo pobre pero con una transformación notable: había perdido sin mayores cicatrices ni deformaciones el ojo descompuesto y ahora miraba sólo con el ojo restante, convertido en un sencillo cíclope, un poco asimétrico pero con credibilidad; en esos momentos coordinaba a la gente para una representación teatral y estaba rodeado de jóvenes entusiastas.

Corrí a la habitación donde dormían mis amigos y comencé a despertarlos y a hacerlos concientes de lo que estaba pasando. Mi actitud hacia ellos era muy amistosa, amorosa, diría, y ellos respondían con trato semejante. Teníamos que hacer algo para integrarnos a lo que estaba ocurriendo. El padre superior andaba por ahí pero no tenía vela en el entierro, como quien dice. Todo dependía de nosotros. Yo tenía la sensación de que esas siembras milagrosas irían a menos. Estaba usado el espacio de manera anormal, imposible, sembrado sobre pavimento y superficie urbana. Era una lástima.

Estoy tomando notas apresuradas de lo que va escurriendo de ese exprimido inicial del día que son los bostezos y estiramientos, antes de que a mi hombre –que ya anda por ahí comiéndose una gelatina- se le borren el olor y la textura del abrigo de telas delgadas abundantes superpuestas de una señora que le estorbaba el paso para salir del templo al aire libre a ver cómo podía volverse útil. La situación del narrador no siempre es envidiable. Créanme.

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12 Marzo 2008

Sueño y mercancías

Ya, porque de otra manera no va a quedar nada; van como tres o cuatro veces que lo reescribo con las pestañas en la almohada y me doy cuenta de que cada vez es menos intenso, menos claro y más evanescente. En sustancia, y antes de que se me evapore por completo, es lo siguiente: tengo un camión lleno de mercancía robada; mercancía grande como muebles y electrodomésticos y maquinaria; una carga valiosa. Y otras cosas menos materiales pero también de valor. Unas son de Gómez de la Serna, otras de Pérez Galdós y creo que algunas de Valle Inclán; todo eso sería facilísimo de identificar. La manera de acercarme a ellas es una serie de toses que deben corporizarlas y mostrar su importancia. Toso pero las explosiones caen en hueco; medio despierto sin lograr identificar los objetos; entonces me apresuro a regresar al sueño en donde sí tenían valor y consistencia. Y sentido. Pero me doy cuenta de que al querer calibrar el peso de la carga completa me encuentro con una especie de amasijo de cartón piedra, del tamaño de lo previsto pero con un peso mucho menor, lo que me permite mover algo que ordinariamente pesaría toneladas como si fueran una serie de piezas falsas pegadas entre sí. Lo robado, la mercancía, esa riqueza no tiene ningún valor, estoy perdido. Y ahora que estoy despierto tratando de traducirlo, mucho menos porque perdí las claves del mensaje por más que me apuré a escribirlo descuidando la corrección, lleno de maquinazos y letras encimadas. ¡Bah!, se me perdió, como pasa siempre con los sueños.

Ahora lo que quisiera es poder retomar el camino pero ya es inútil. Hay luz, se oyen unos remotísimos gorriones de lo más institucionales, los vecinos caminan y mueven cosas sobre el techo. Y tengo además otro pendiente: ayer publiqué el último de los poemitas en prosa del que fue inédito y dado a conocer con pseudónimo por entregas en su día como Praderas de Alita Allis y hoy tengo que decidir lo que sigue. Pero no la tengo tan cruda, en rigor cronológico viene Volver a casa, el menos feicito de los que me han salido, al que le dieron el premio de Aguascalientes en 73, el que más ediciones ha merecido, que lleva como cinco o seis, o más. Tiene algunas dificultades (insignificantes) de edición porque está dividido en secciones que tienen un nombre y luego tienen o no su propio nombre, el del poema, de modo que a veces queda confuso si es el nombre de la sección o del poema, pero me parece que a nadie le va a preocupar esa minucia y que si alguien tiene la verdadera curiosidad lo que puede hacer es buscar una edición impresa aunque sea entre las librerías de viejo; seguro lo encontrará.

Ahora veo que va entrando todo sudoroso y apresurado el narrador al que le ha dado por reducirme a tercera persona: lo siento, amigo –le digo mientras se quita el abrigo-, te gané; a ver si llegas más temprano a tu trabajo. Aquí se rima desde que Dios amanece. Pero como no lo quiero mal porque en realidad fui yo quien lo contrató le voy a ofrecer un poco de fruta y una infusión por si ni se ha desayunado, el pobre.

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4 Marzo 2008

Las roscas de San Joaquín

Sobre aquel hermano no había caído la gracia del Señor en forma alguna, exceptuando los dones naturales que el Creador reparte entre todas sus criaturas dotándolas del soplo de la vida y de la chispa –a veces menor y a veces luminosa- de la inteligencia. Cumplía sus deberes y se esforzaba más o menos por no salir del redil y no hacerse notar como rebelde o disidente porque tenía la certeza de que no encontraría, con todo, mejor vida que aquella. Destinado a las tahonas de la casa común en donde se amasaba y se cocía el pan no sólo para esta sino para otras muchas casas de oración comarcanas, estaba especializado en aquellas roscas que entre sí los hermanos llaman San Joaquines y que han dado a este horno la justa reputación de producir, toda proporción guardada, el pan de la comunión alternativa por el grado de exquisitez y delicadeza que con el tiempo, la apasionada espiritualidad de muchos hermanos panaderos que han pasado por esa mesa y un poco de la gracia del señor, que también se reparte en pequeñeces para dar a sus hijos la sonrisa, había alcanzado.

Pero aquella vez tuvo una inspiración maligna causada por la desesperación. Llevaba una eternidad tosiendo y no había jarabes ni tisanas, ni vahos ni emplastos que paliaran la tortura –si bien que ofrecida al Señor- de aquellas noches en las que ni siquiera el tiempo propiciatorio de los rezos de la noche le proporcionaba alivio sino todo lo contrario. Hasta que una noche creyó oír la voz que le decía, mira, Joaquín –Joaquines se llamaban, por extensión, todos los hermanos que se dedicaban a la elaboración de las famosas rosquillas- el señor está a disgusto porque habéis bajado mucho la calidad de los saint jackes que fabricáis y quiere que tengáis un sacrificio y una enmienda; habla con el hermano tahonero superior y él sabrá interpretar este mensaje. Ah, y cuídate ese Saint Jackes que tienes en la garganta que ya los ecos de tu tos están llegando hasta los dormitorios de la eternidad que tanto cela el Señor. O sea que esta tos se llama igual que las rosquillas que hacemos, iba pensando maliciosamente el hermano mientras se dirigía a la entrevista con su superior.

Luego, en el sueño, se perdió esta claridad narrativa y nuestro hombre entró en una vorágine en la que cayeron ejecutados varios Joaquines del equipo, de esa y de otras panaderías cercanas –aunque como era sueño, la lógica empezó a pecar y la caída tuvo motivos no estrictamente panaderiles sino que hubo venganzas de carnalidades inconfesables y otras humanas miserias. Cinco, siete muertos, quizás. El caso es que cuando la cuchilla correctora del Señor llegó al círculo de nuestro tosiente y se cernía ya sobre él, que resignado la esperaba como el alivio supremo, la misma presencia del ángel anunciador apareció, tomó las rosquillas recién salidas del horno, las repartió entre los demás enharinados y los hizo probarlas. ¡Alegría, hermanos! –dijo- el espíritu del Señor se regocija, habéis logrado recuperar la gracia inocente con que se han hecho los saintjackes durante siglos y otra vez tienen la perfección requerida. Levantemos la disciplina y recemos por las almas de los hermanos que se ofrendaron para recuperar el bien común. Y desapareció ante el desencanto de nuestro héroe que ya veía venir sobre sí la salvación, así fuera la definitiva. Se despertó; otra vez pasaba apenas de las ocho y el cuerpo pecador se sacudía en toses inmisericordes que declaraban a gritos su absoluto agnosticismo. ¿Y yo por que ando soñando esto, Virgen Santísima -se dijo-, si soy ateo?

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28 Enero 2008

Minuciosa noche

Ahora sí de plano, dije, me voy a dormir aprovechando el golpe de sueño que me dio y a ver hasta dónde llego con el primer empujón, que luego ya veremos. Pues lo cierto es que pude ofrendar ocho horas en los noctívagos altares; ocho horas de recorrer una misma tela con atención exquisita y dedicación prolija, tomando en cuenta que lo que queda de la noche sobre el mostrador de la memoria es migajería difícil de clasificar.

Aunque, vayamos por partes: a las dos horas de haber caído me despertó un retortijón. Aquí está la celada, pensé, esta es la trampa que me pone la noche para enseñarme quién manda, y me levanté al baño. Pensaba entretanto que había concluido la cuota a mi favor y que en adelante la caverna de los desvelados se abriría espantosa para irme tragando durante interminables horas. Me resigné. En las veladuras que se iban descubriendo gracias a no querer pensar para que el pensamiento no me ocupara, había una apasionante visión bíblica de lo más apocrifota: el Nazareno tenía que dejar los campos de labranza en que laboraba su gente y podíamos aprovechar para adoctrinar en su contra, seguros de que no regresaría y podríamos realizar nuestra humanitaria encomienda –lo de él representaba un peligro para la especie- siempre y cuando lo hiciéramos con absoluta minuciosidad.

El secreto estaba en atender a lo ínfimo, en ir a las partes moleculares de la composición del paisaje, del color, de la acción; tomado de bulto nada servía para el propósito, que a esta hora era ya más individual y profano: pasar la noche, hundirme en su regazo, diluirme en atención concentrada a lo que estaba haciendo. Y logré deslizarme sin que los guardias lo impidieran; no sé cómo porque estaban ahí listos con luces, ruidos y cohetones para impedirme la entrada y arrojarme al espinoso desierto de la vigilia lleno de serpientes y alimañas. Pero pasé; de ladito, pero pasé; la tos tuvo misericordia y no descubrió mi ubicación mientras cruzaba los primeros tramos que lo mismo eran crestas ardientes de montañosas formaciones que acantilados espeluznantes cuyo fondo me llamaba con voces seductoras: ven, me decían, ven, ponte a leer, escribe un rato, baja una peli a la compu, aprovecha el tiempo.

Lo que yo quería era seguir durmiendo y lo que menos tenía era fe en lograrlo pero persistí por un secreto impulso. Ladeado sin remedio, escorado sobre estribor me fui dejando llevar por la corriente. Que me hunda, decía yo, que me devore. Y con esta oración pagana fui ganando terreno. De vez en cuando salía yo a la superficie y pedía volver a lo profundo. Mis emergencias, ahora lo sé, no fueron sino manchones pasajeros en la tela. Y aunque estoy adolorido de los huesos de este costado veo con satisfacción que haciendo caso con humildad a las voces que lo guían a uno se puede transitar por los peores abismos. Una y otra vez regresaba a la parte infinitesimal de cada instante; eran paisajes bucólicos ingleses de los Siglos XVIII Y XIX, con sus damas, sus caballos potentes, sus prados prodigiosos y sus perros. Nada podía quedar sin revisarse a fondo, tal era la condición, y la cumplí con disciplina ejemplar, tanto que transcurrieron ocho horas y heme aquí, un poco adolorido pero en el fondo satisfecho de haber podido dormir.

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