16 Abril 2008

La mañana con el Diablo

Se oye una salva de aplausos; gritería no necesariamente inteligible; algunas doncellas muestran con alegría y sin mucho recato sus mejores encantos en torno al catre venturoso, no obstante estar el día nublado; no: suave, variable, difuminado; algo está distinto, pues: el buen tío que en esta página se aloja ha dormido seis horas y media de corrido; la generala tos no pudo introducir sus estrategias destructivas hasta el nido y comandos de élite cerraron el paso por el laberinto impenetrable de los sueños: ¡las ocho y media de la mañana, coño! ¡y yo apenas despertando! ¡gracias, gerundio!, hasta siento que me devuelves la acción.

A ver, mundo, ¿cómo amaneciste tú? –Y es entonces cuando ve en el periódico la foto de Benedicto XVI a la hora en que baja ayer cubierto por un tubo híper protector del avión en Washington y lo recibe Bush en persona; tal para cual, qué caras de malillas tienen ambos; peor el de blanco; ese desde que le dieron la alegría de que él iba a ser puso una cara de diablo (al que ya reinventó en funciones en un Infierno que ya no es de fuego sino de hielo; ya no nos vamos a quemar sino a congelar, como mamuts) que ha proveído al mundo de las mejores imágenes posibles del personaje, y vaya que la pinacoteca de los siglos es provisoria. Dice que viene a visitar a sus setenta millones de fieles que tiene en esta aislada comarca; así, a la manera catastral que los tienen, porque con la invención de que hay que inscribirlos con el chorro del agua bautismal en cuanto nacen, se joden si después no están de acuerdo, al cabo ya están registrados y son suyos y bien suyitos. En España, por ejemplo, hay un movimiento grande de apostasía pero se defienden a la desesperada negándola de todos los modos posibles porque el subsidio (y la fuerza política, claro) depende del número de adeptos que tengan.

Desde el avión declaró que está muy avergonzado por el problemón de los curas pederastas –no más a los de EEUU se refería, porque son los que demandan económicamente a la Iglesia, a quien ya le han sacado y le seguirán sacando, muchísimos miles de millones de dólares, en la tierra en que esas demandas sí prosperan, porque en otros países los cambian de jurisdicción y listo, a probar novedades- y prometió poner estrictas y severas medidas para resolver el problema: los pederastas no serán ordenados sacerdotes –dijo; seguramente les harán una prueba antes de la ordenación, imagínesela cada quién-, y por ahí se sigue con la severidad de sus resoluciones.

Pero, caray, pobres hombres: les prohíben casarse, los imbuyen de una relación tormentosa con el sexo, los obligan a ocultar lo que la naturaleza no permite que se oculte, que para eso pone señales inconfundibles en unos y en otras, y luego los ponen a cuidar rebaños de chamaquitos y chamaquitas en la edad de la inocencia, cuando no tienen más defensa que su castidad y su belleza y en contra la fascinación de los misterios religiosos. No los juzgo, trato de entender qué pasa, porque el problema es constante y común a todos los países en donde practican, la diferencia con que se han encontrado es la aplicación de las leyes. No puedo dejar de acordarme del cuento en el que meten al Diablo en el Infierno, de Bocaccio; búsquenlo, es una delicia. Ahora que tengamos Biblioteca Hablada lo pongo. ¡Y a chambear!

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14 Abril 2008

Amanecer creativo

Vaya; hoy el maestro amaneció emprendedor y entusiasta; qué bueno, porque vieran lo dolorosa que me resulta su marchitez. Ya está con el monólogo de una obra social y divertida que, según él, se puede hacer muy fácilmente e involucrar a gente de los más de veinte países que hablamos y leemos en español. Si pensamos una mecánica sencilla y lo más clara y limpia que se pueda –está ya tratando de dar los primero pasos concretos-, en poco tiempo podemos tener una Biblioteca Hablada suficiente para convocar a que bajen los textos y nos ayuden a usarla y divulgarla. Según como me la imagino, tiene que ser una biblioteca que comprenda autores clásicos de todos los tiempos, aunque con los contemporáneos habrá que buscar el modo para que no nos metamos en líos de derechos de autor.

Hay en la web varios programas para grabar desde la propia computadora; yo uso uno que se llama Audacity y que es de manejo muy simple y gratis; todo es cosa de buscar un lugar silencioso y ponerse a grabar con el mayor profesionalismo que se pueda. Si la obra que uno escoge para subirla a la biblioteca es muy grande, puede ir haciéndolo por entregas, poquito a poco, como se les leen los libros a los demás, unas páginas cada día y de pronto se da uno cuenta de que ya llegó al final, ya está completo el archivo y que cada quien lo baje como quiera –ya estableceremos las maneras de usarlo-. Todo el que participe tendrá la oportunidad de oro de ser generoso y dar algo para los demás. Me muero de ganas de oír bien leídas las obras de los griegos y de los romanos, ¡y las novelas de caballerías, guau!, y de ahí en adelante todo lo demás, porque todo cabe. ¿Se imaginan lo sabrosos que serán algunos tratados de los alquimistas?

Hay ciertas cosas que deberían ser principios irrenunciables, como por ejemplo que no se llene de textos de principiantes que andan buscando urgentemente quién los lea para ver si sus escritos valen la pena; eso sería lo peor que nos pudiera pasar y para lo que tenemos que crear un filtro muy riguroso o, mejor: ¡ya se me ocurrió cómo!: podemos hacer un apartado en donde estos textos quepan -no hay que ser gachos- y que los propios lectores les vayan dando una calificación que permita legitimarlos o eliminarlos; no me parece que esté tan difícil esta medida. Hay que buscarle la cuadratura para que no nos sature las mesas y los libreros de la biblioteca. Qué tal que vamos encontrando nuevos talentos que se inician en nuestra compañía. O hasta lectores con vocación de maestro que los van orientando y les dicen por aquí vas bien, o por aquí te vas al puro muladar.

Un requisito indispensable para la lectura es que quien la hace tenga buena dicción, entienda lo que está diciendo y sea capaz de compartir el disfrute que siente en el acto de leer y entender lo que lee. Hay niños que leen padrísimo y viejitos que lo hacen fatal: la edad no importa, lo que importa es la calidad de la lectura.

Bueno, falta mucho que pensar y que administrar, pero lo primero que hay que tener son ganas.

Se levanta, pela una mandarina, se asoma a ver que el cielo está azul y el sol brilla, se frota las manos y piensa que hasta la tos se le va a quitar para ponerse a grabar cuanto antes; lleva apenas los primeros capítulos del Quijote.

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6 Abril 2008

La mosca de la biblioteca

No quita el dedo del renglón; ya se le metió entre oreja y ceja y le revolotea a todas horas como una maldita mosca que lo atacó una vez recién llegado a Madrid. Estaba sentado en el Miau, en la esquina de la calle del Príncipe, en esa única mesa que ve directo a la Plaza Santa Ana, tomando una caña, cuando una maldita mosca empezó a pegársele al pelo. Primero, acostumbrado a que son pusilánimes y se espantan fácil, pasó la mano pero el bicho no se fue, cambió de sitio pero siguió -ese incomodísimo cosquilleo de cuando una mosca te alcanza a mover un poco el pelo, brrr-, y siguió, y siguió, desplazándose mínimamente por la sorprendida cabeza –allí fue que aprendió la culta expresión mosca cojonera-, hasta que acosándola en torno a toda la cabeza pudo bajarla, verle el aspecto y darle un periodicazo que la dejó play off. Pues así le anda la idea, pero no tiene ganas de darle con el matamoscas sino cogerla por la calva y darle forma: la biblioteca hablada, digo. Sigue con el tema.

No lo ve redondo porque le parece que implica mucho trabajo y mucho vigor, pero de que se antoja, se le antoja muchísimo; no sería sino continuación de algo que ya está empezado hace mucho tiempo; es más, ya tiene muchos materiales con qué poner el primer estante, por llamarlo de alguna manera, varios libros grabados, propios y ajenos. Pero el chiste sería que fuera una biblioteca abierta y colectiva, en la que pueda participar el que quiera, aunque los primeros llamados serían naturalmente los clubes de lectura Aureolas que están activos y los que quedan del programa Libro Club de la Cd. De México, que creo que también hay muchos que funcionan, pero además está seguro de que las iniciativas individuales pueden superar cualquier imaginación si la convocatoria está bien hecha y se dirige a quienes debe dirigirse. Y para garantizar la calidad de los materiales piensa –y piensa Milagros, que ya le está dando vueltas al cómo mientras nuestro espontáneo se imagina cosas- se tiene que contar con la calificación y el interés de los propios usuarios.

Un depósito en Internet de lecturas literarias clásicas y contemporáneas en voz alta listo para ser escuchado por quien quiera y para ser bajado a los reproductores particulares para oírlo en el coche, en el metro o donde te dé la gana. Esa es la primera definición. No lecturas técnicas ni de autoayuda ni educativas ni informativas, sino lecturas de placer, literatura, es lo siguiente que se define. Es decir, tiene que estar bien leído, no pueden ser textos titubeantes, malhechotes, de principiante, ni leídos con las patas porque entonces no se cumple el propósito, que es la transmisión de la belleza, pero hay de sobra buenos lectores en el mundo, así que ese no es problema, el problema será regular la participación voluntaria, que lo pueden hacer los propios usuarios. ¿Y cómo hará para que no se le cuelen las lecturas tendenciosas, para que no se imponga de pronto un interés político, o religioso, o publicitario? Chin, esa es la mosca cojonera. Pero, bueno, hay tiempo; hay tiempo y hay gente, y la gente, sobre todo, es la que hace todas las cosas, las malas y las buenas. Vámosle pensando entre todos para darle una ayudadita.

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26 Febrero 2008

Biblioteca hablada

Desde que se despertó lleva pensando en lo fácil que sería; y más contando con la infraestructura y los recursos con que cuenta el Conaculta, en México, aunque también se podría hacer en España o en cualquier parte. Un programa de fomento de lectura que penetrara de verdad en todas las capas del país. Voces de autores, de actores y de lectores por gusto seleccionadas por un grupo plural con buen criterio y conocimientos pedagógicos; cabinas de grabación disponibles en las muchas instalaciones del IMR y de otras instancias de las que se puede echar mano; los escritores de los distintos programas del CNCA asesorando la más amplia selección posible de textos de la literatura nacional y universal, y mucha manga ancha y rigor para evitar que se convierta en plataforma de grupos o de intereses editoriales parciales. En una nadita se tendrían en todo el territorio nacional talleres de lectura trabajando con lectores profesionales para pulir a la soldadesca lectora, hombres y mujeres, chicos y grandes, pobres y ricos, cultos e incultos, lo que es el país, pues. Le brillan los ojitos pensando en lo útil que sería. Al menos una de las estaciones del IMER en cadena nacional dedicada a la lectura en voz alta: Biblioteca hablada. 24 horas con todos los géneros y todas las posibilidades de la literatura de ficción. No como plan educativo sino como modo de ser, como la música.

El programa tendría que incluir el préstamo gratuito de material y asesoramiento para todas las pequeñas estaciones de provincia que lo solicitaran (o todo el que lo pidiera o se lo quiera piratear de internet), incluso ofreciéndoles algunas ventajas que habría que considerar con tal de que además de la música que interminablemente programan, de lo que algunas obtienen no pocos de sus recursos, emitieran programas de lectura. Claro está que hay que hacer y afinar, hay que crear un estudio estadístico que vaya guiando los derroteros del programa, que ofrezca resultados que ayuden a mejorarlo constantemente; pero empezar, yo lo empezaría ya. Los elementos todos existen, nada más hay que conjuntarlos, motivarlos, confiar en ellos y organizar el trabajo. También en los barrios de pobres hay lectores apasionados y que lo saben hacer como el que mejor. Por supuesto que se pondrían tarifas para pagar a los lectores su trabajo legítimo y se irían conformando los grupos de asesores que hiciera falta.

Como un servicio cultural estaría exento de las preocupaciones de rentabilidad directa y recuperación de lo invertido, pero por más caro que fuera siempre sería barato y de efectos inmediatos y comprobables. Y tendría que estar en acuerdo constante con otras instancias: los legisladores, para que pudieran evaluar resultados y apoyar y engrandecer la iniciativa si resulta positiva, asignarle los recursos necesarios y legislar en su caso lo que hiciera falta; los servicios culturales de Relaciones Exteriores, para buscar experiencias similares en el mundo y aprender de ellas o para ofrecerlo como gesto de cooperación internacional; la Educación Pública, para que se valiera de él como auxiliar de sus propios programas y ayudara a su divulgación y puesta en valor. Y aquí, quietos en el hospital, mientras le ponen la segunda dosis, me cuenta cómo lo haría, cómo con todas las experiencias que ha tenido en fomento de lectura en su vida, ahora que está madurito le saldría tan fácil, tan fácil…

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