12 Junio 2008

Siguen los viajes

No tuve la energía suficiente, la fuerza de voluntad necesaria para batear todas las bolas negativas fuera de mi campo y esperar la buena para hacer el tiro que quería hacer. Me dijeron no se puede y yo me lo creí con la inocencia con que siempre he navegado por la vida, hasta con incuria, diría, porque yo entonces debía haberme sobrepuesto y averiguar por mi parte; no, señor, sí se puede, sí hay barcos que lleven pasajeros y yo quiero irme en uno de esos, no me diga usted que no se puede. Aunque pensándolo bien, después del primer viaje a Europa no volví sino hasta cerca de treinta años después y ya con los viajes diseñados y resueltos por las instituciones que me invitaban, que a un congreso, que a un encuentro de escritores, que a una reunión de funcionarios de cultura. Hubo una oportunidad de oro y la desaproveché: cuando mi familia estuvo un año en Berlín y los fui a visitar cuatro veces pude haber buscado ese barco que me llevara en lugar de los vertiginosos servicios de Lufthansa, por eso ahora me doy de topes, cuando me dice una lectora que viajó con su familia en los setenta en un barco mixto a Europa y ahora que he leído el libro de los viajes en buques de carga y veo que siempre han estado ahí esperando a los atrevidos, a la gente de carácter y llevándola a todos esos destinos alucinantes.

Pero bueno, azotarse en la vía pública no es tan elegante ni tiene mucho sentido, dejémoslo de ese tamaño y procuremos ver si hay alguna solución. Tenemos que ir a San Diego próximamente y aunque hay que pasar de un mar al otro quizás sea la oportunidad para iniciarse; también a Milagros le hace ilusión el viaje. Podríamos llegar en barco a la costa del este y atravesar el país en avión, o buscar un barco que atraviese por el Canal de Panamá y nos deje en la puerta de donde vamos. ¿Por qué no? Ya nos dijeron que hay montones de posibilidades, nada más hay que aplicarse a estudiarlas y encontrar las fechas y las rutas convenientes. No me puedo subir en un avión e ir atosigando a todo el pasaje durante diez horas, por mucho que me ponga un pañuelo en la boca y quiera toser con discreción.

Ora que no está tan fácil, porque hay que hacer coincidir las fechas porque no es viaje de paseo, la intención es ir a Tijuana a un tratamiento médico porque hemos averiguado que en esa ciudad hay un motón de hospitales que ofrecen tratamientos alternativos para el cáncer utilizando recursos y medicamentos que las leyes estadounidenses no ha aprobado por distintos motivos, no necesariamente científicos, y allí en la frontera tienen propuestas que si no son la panacea al menos ofrecen otras oportunidades para quienes han agotado, como yo, los tratamientos con quimioterapia.

Así que, bueno, allí está; vamos a estudiarlo y si se puede esta será la oportunidad de oro que tantas veces dejé pasar. Ya me veo tosiéndole a la brisa marítima en la cubierta larga de un carguero que se reirá conmigo mientras cruzamos las olas del ancho mar.

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9 Junio 2008

A buscar alternativas

No puedo dejar de sentir una relativa orfandad. Estaba atado al cable de la vida que me daba el oncólogo; el ponía mi alfa y mi omega y yo me dejaba ir obediente por los caminos que él me proponía; los plazos entre una aplicación de quimio y la siguiente eran los espacios en los que podía regular mi vida; tantos días duran los efectos del medicamento, tantos tengo para recuperarme antes de que caiga el siguiente, de modo que puedo tomar vino con la comida, una copa de mezcal de vez en cuando, algunos excesos; tengo dos semanas para hacer músculo caminando por el barrio. Y así se regulaba una relación de dependencia que me hacía sentir protegido y en el buen camino. Ya desde la consulta anterior quedó apuntado que no habría más líneas de tratamiento de quimioterapia a las que acudir como no fuera repetir y recombinar algunas de las ya probadas, con el riesgo de que los efectos contrarios, que sabemos que son tan agresivos e inevitables, fueran más importantes que los posibles beneficios. Y son pocas las opciones porque algunos medicamentos son negados para repetirlos en mí porque me causaron reacciones alérgicas u otras formas de rechazo, por lo que no hay mucho de dónde escoger.

Ante un panorama tan poco promisorio más vale suspender la quimioterapia y aplicarse a la búsqueda de tratamientos alternativos. Y en eso estamos. Mi médico homeópata sigue quemándose las pestañas buscando el medicamento indicado que me aleje la tos y permita ver el panorama del pulmón con su adenocarcinoma adentro para ver por dónde deriva, en dónde lo podemos cercar, con qué llave podemos cerrarle el paso o cómo podemos llegar a un acuerdo de convivencia razonable con él.

Hoy la mañana se fue en ir a los análisis de sangre, venir a desayunar y regresar al consultorio a esperar mi turno con el doctor. Llevaba completo mi examen de conciencia que hago cada vez: qué dolores he tenido, qué molestias se han agravado y cuales han disminuido, qué constancia he mostrado para tomarme los medicamentos que me receta, y ahí sí tengo que confesar que soy bastante poco aplicado. Ahora, por ejemplo, me mandó tomar unas pastillitas de morfina que me ayudarían a evitar la tos y me devolverían la calidad de vida; las tomé nueve días y no noté ninguna mejoría, seguía tosiendo con la misma enjundia con que lo he relatado aquí de los peores momentos, de modo que desde antier dejé de tomarlas. No niego que tenía siempre presente el miedo de la dependencia; si estando uno en plena salud cuesta tanto desembarazarse de la necesidad de la droga, qué no será estando débil y disminuido como estoy. Aunque el doctor insiste en que la dosis era tan pequeña que era absolutamente controlable.

Pero bueno, aquí está la explicación de que sea tan tarde y yo esté apenas preparando la página correspondiente al día de hoy. Así hay veces, ya ustedes lo saben. Hoy tocó un reporte más o menos imparcial de mi estado de salud. Ya habrá sitio para otros entretenimientos.

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7 Junio 2008

Las puertas del mar

Luego de mi queja de ayer, de mi balido triste en medio del desierto como el de un cordero desprotegido, me manda Rodrigo Ambrís una información invaluable: un libro que es guía de viajes que, como pasajero, se pueden hacer por barco hoy en día a través de todos los mares. No sólo los cruceros turísticos, que abundan y que me parecen truculentos, falsos viajes, diseñados para sustituir una forma de conocimiento del mundo que se nos quedó atrás en el tiempo y de la que habemos seguramente muchísimos millones de personas que sentimos nostalgia –todo está diseñado en los cruceros para no enfrentarnos nunca a solas con nosotros mismos, para no reconocer la pequeñez de nuestras fuerzas abandonada a la mitad del mar sobre una estructura colectiva en la que cada quien tiene que hacer su parte para cumplir el propósito que es ir de un lado a otro, en la inteligencia de que se está retando a los elementos, de que se está ejerciendo el poder de la aventura y la habilidad colectiva para ir adelante como especie; en el crucero el propósito es estar, divertirse y no sentir nunca ni soledad ni peligro porque todo está controlado por la compañía que vende el servicio, que sería el equivalente a un hotel en la orilla del mar al que vienen las ciudades y los puertos de visita para que compres algunas chucherías de souvenir y pongas en tu lista que ya conoces tal y tal lugares-, sino la forma clandestina de volver a crear un sistema de viajes intercontinentales con sus riesgos, incomodidades y consecuencias, en otro medio que no sea el avión. Mi corazón se alegra y ya quiero tener las condiciones mínimas de salud necesarias para probarlo, para hacer una primera incursión.

Con esta ilusión se despierta andobas, mirando frente a sí una puerta que creyó que permanecería cerrada para siempre con la cancelación de los viajes comerciales de pasajeros por vía marítima el siglo pasado, y de repente la ve abierta de nuevo, como alguien que acaba de descubrir una nueva América; entonces se pone a considerar el panorama a corto plazo. -El próximo viaje que tengo que hacer está sujeto a que se me quite la tos y considerando que ya lleva casi nueve meses instalada en mi caja toráxica –dice para sí-, la expectativa puede no ser inmediata, ni nada que se le parezca, pero en un barco en medio de la mar y sin hacer vida social, ¿a quién le importa que tosa?, no es lo mismo que ir en una cabina de avión sentado junto a otras muchísimas personas toda la noche y tosiendo de un hilo sin dejarlos descansar. Así que lo siguiente es comprar el libro y estudiar la ruta que es un poco complicada porque hay que ir de Europa a Estados Unidos y no sólo, sino llegando del lado del Atlántico hay que ir hasta San Diego, en el Pacífico, lo que ha de implicar o aceptar que allí ya se puede tomar un avión para hacer ese recorrido o buscar un barco que le de la vuelta a medio continente y regrese cruzando el Canal de Panamá a la costa estadounidense. Todo es cosa de aplicarse y ponerse a estudiar. Y pensar en vías de escapatoria si el viaje no es bueno para mi estado de salud para poder acortarlo y tomar la vía expedita de los aires. Vamos, chico, ¡a aplicarse!

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4 Junio 2008

Cuarenta de mayo

Felipe II, el hijo del Emperador Carlos V, estableció en la antigua Magerit, la capital política de España; Magerit, Matrit o Magrit, fortificación árabe que ya contaba con un respetable pasado de cuando los reyes visigodos y hasta con un lustre romano de muchos siglos. Don Felipe era un rey muy ordenado y muy ordenador y se pasó la vida creando archivos y burocracias para poder controlar un imperio en el que no se ponía el sol. Lo que no se le ocurrió hacer fue ir en persona a conocer el tamaño de sus reinos; jamás se le antojó coger un barco y atravesar el Atlántico a ver qué eran esos países remotos de las Indias Occidentales que tanto oro y plata mandaban, ni agarró rumbo para el otro lado y se fue a asomar a Filipinas, aquellas islas exóticas que bautizaron con su nombre; era poco curioso para esas cosas. Lo que sí hizo fue establecer la corte en el centro Geográfico de la península ibérica, con lo que se garantizó el control de todos sus territorios, incluido Portugal que todo el tiempo se anexaba y se separaba, según los acuerdos matrimoniales que lograban sus soberanos, aunque la verdad es que a los portugueses parece que nunca les gustó la idea de estar sometidos a la corona española, siempre prefirieron irse por su cuenta y contarse solos.

Pero a pesar de su capitalidad tan bien pensada, Felipe prefirió vivir en El Escorial, como quien vivía dentro de un gran ministerio, protegido por un ejército de secretarios y originales con copia para el archivo. Yo supongo que fue entonces cuando llegó a un acuerdo con el tiempo, no sé si por medio de palabra de honor o con actas firmadas, para que la primavera terminara formalmente el 10 de junio y empezara el verano sin titubeos; de entonces queda en el habla popular el dicho: hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo (ya la palabra no se usa porque ya no existe la prenda de vestir de tela gruesa, cruzada y sin botones, larga desde los hombros hasta debajo de las rodillas, que se usaba para protegerse del frío, y la verdad no sé si en América habrá arraigado, aunque me suena que no), pero el caso es que todo mayo es engañoso: de repente sube la temperatura y se despejan los cielos y la gente sale con poca ropa a pescar un catarro porque así como sube la temperatura tiene bajones invernales con helados vientos que salen no sabe uno de dónde. Hasta el cuarenta de mayo. O sea que a partir de la semana próxima tendremos verano indiscutible, quien venga ya no tiene que traer ropa de abrigo ni quien vive aquí la vuelve a usar. Se estila cambiar los guardarropas y guardar todo lo del invierno que no se volverá a usar hasta septiembre u octubre, o noviembre, si el año viene perezoso.

Junto con el calor comienza la desaceleración laboral hasta llegar a mediados de agosto a su casi paralización; las costumbres son sagradas y por supuesto, son anteriores a los climas acondicionados; pero es que de veras no se podía estar en oficinas ni en comercios, ni había poder que hiciera correr una brisa fresca por más puertas y ventanas abiertas que se dejaran –en verano nos enteramos de la vida privada de los vecinos que no emigran y ellos se enteran de la nuestra porque no se puede dormir con las ventanas cerradas. Pobres, a los que les falta se enterarán de que tengo la tos más perdurable y contumaz que han dado pulmones en el mundo. En eso no pensó Felipe II, fíjense.

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1 Junio 2008

Paseante del camino

Pues recojo en el camino toda clase de muestras, como el biólogo que está llevando a  su laboratorio el testimonio de la buena fe de la naturaleza que ha fabricado en sus senos todo lo que pueda completar la vida, modificarla, potenciarla, -si lo que yo digo es que en alguna parte de la tierra ha de crecer la hierbita que la naturaleza tiene prevista para curar el cáncer de pulmón, es cosa de saber si está en el Tíbet o en el Amazonas o en Borneo y correr a buscarla-; o como el minero romántico que cree ir recogiendo pepitas de oro en todas las piedras que brillan a su paso –con estas mandaré construir una casa con techos muy altos, con estas me compraré un traje de terciopelo y unas botas altas de cuero de cochino e iré a pedir la mano de la mujer más bella de la comarca, con estas escogeré el mejor caballo del chalaneo y saldré a pasear en él con una pluma de faisán en el sombrero; o como el andador taciturno que se detiene a cada paso para observar con todo detenimiento las huellas que lo preceden y piensa en las lágrimas que se han derramado por este camino, en las ilusiones que se han roto –aquí precisamente, en este cruce de caminos, Bellaflor se quedó llorando la tristeza que la llevó a la tumba mientras Florián le daba espuelas a su caballo-, en las prisas que se han dado los desesperados por llegar a tiempo a lo irremediable.

Así va, por eso dice que asunto no se le acaba nunca, que el problema es el vigor para emprenderlo y el estado de gracia –aunque sea ínfimo- que se necesita para abordar un puño de palabras y decidir qué se hace con ellas, cuál va primero y cuál después y cómo las lleva al encuentro con los demás y logra con ellas entretenerlos, hacer que el celofán del tiempo se rasgue imperceptiblemente y se pueda ya no sólo ver  sino sentir, oler, probar a su través un mundo que se mueve de otro modo, en el que rigen otras medidas que no son el tiempo y el espacio y las cosas que ocurren son como las quisiéramos o tienen el componente que las vuelve terribles, mucho más terribles que los terremotos y las erupciones de los furiosos volcanes. Y lo normal es que vaya de buenas, contento y silbando aunque últimamente haya adquirido la fea costumbre de llenarlo todo de impetuosas toses que rompen la armonía silenciosa del paisaje y el delicado canto de los pájaros. Parece que también busca la hierba adecuada para curarla, de modo que si alguien sabe, lo agradecerá muchísimo.

Y este es el andante que a veces, de plano, se queda seco, mira en redondo y en circular y no ve nada de que asirse para cambiar de posición y volver al camino en el que abundan las cosas con sentido, los mensajes, las claves que entre todos los peregrinos van dejando para que otros las recojan y hagan con ese material su página cotidiana sin la aburrición constante de repetir las noticias del periódico.

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23 Mayo 2008

¡Ah, caramba, un buen catarro!

¡Éramos pocos y parió la abuela! A la suma de agravios que mi cuerpo tiene, hoy hay que sumarle un catarrazo. Se viene perfilando desde hace no sé cuántos días, pero en el pedregoso transcurrir de esta noche se le declaró de plano a mi graciosa persona y ahí se han pasado la noche en su romance morboso mientras yo daba vueltas para un lado y para otro –hasta eso, que vueltas, lo que se llama vueltas, no puedo dar, porque nada más duermo de un lado, del derecho, que es el que tolera que le apachurre el pulmón porque si aplasto el otro, el bueno, ya no me queda con qué respirar y allí si se viene la de Dios es Cristo: toser hasta la desintegración del individuo que se deshace en toses lubricadas con abundancia por una agüita blanca que escurre de ambas fosas nasales sin ningún recato y valiéndole madre si hay visitas o estoy solo-.

Yo no me explico cómo la gente dice: no, no está enfermo -dice el hombre que está monologando en la triste orilla de su cama-, nada más tiene catarro; como si no sintiera uno todo el cuerpo comprometido con la desgracia, como si no se achatara toda sensación de bienestar y no se pusiera en la frente una sombra maligna y el cuerpo no pidiera la misericordia del reposo en una temperatura estable y acogedora; la cabeza disminuye sus funciones, deja de saber y de querer conocer cosas nuevas y se adentra en el misterio de sus funciones alteradas por un agente externo. Y ya lleva muchos días, yo creo que semanas, coqueteándome; se me asoma por un ladito, se me asoma por el otro y seguramente no había encontrado puerta descuidada por donde colarse con sus paños de ardor y congestiones.

Estoy leyendo una novela policíaca de Henning Mankell y el detective Walander, el protagonista, se siente de la patada, le duele horrible la garganta al tragar, tiene fiebre, y está completamente disminuido; pues se sale en la madrugada, con aquellos fríos suecos a la altura del cero, lloviendo, sin impermeable y sin botas para el agua, de modo que se empapa la ropa; se queda varias horas haciendo sus investigaciones hasta que regresa a su casa hecho una sopa, se da un baño de agua caliente, se duerme un par de horas y amanece bastante mejor. Me parece un abuso de la buena fe del lector; debiera tener una neumonía y abandonar el caso que está investigando para irse a urgencias a que lo estabilicen. Por eso la gente pierde la fe en la literatura, cuando se convence de que los autores manipulan a sus personajes como les da la gana.

Yo sé que ya no debiera hablar de enfermedades, que debiera asumir el pensamiento positivo y decir cada mañana: tengo que quererme, yo soy lo mejor de la creación, tengo que valorar el privilegio de percibir el mundo con los sentidos, poder llevar esas experiencias al pensamiento y remitirlas por medio del alma al gran todo universal que nos engloba y en el cual estamos inmersos como la gota de agua en el océano. El problema es que aquí se trata de gotas con bufanda, del momento en que a la partícula ínfima le da catarro, le arde la nariz, le escurren los mocos, le duele al tragar y a ratos le suda la frente, le sube la temperatura, estornuda y se le acaban los pañuelos desechables. No es para estarse haciendo el esotérico.

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16 Mayo 2008

Una mañana tardía

¡Espabílate, marmota! Mira las horas que son y tú saboreándote un mango como si la vida se pudiera esperar toda la vida para que la tomes en serio. ¡Vamos, marmota! (Yo creo que las marmotas han de ser unos animales despaciosos, pesados y torpes porque de otra manera no me habría salido la palabra para usarla en estas circunstancias; no obstante, la voy a buscar en el diccionario, ahorita vengo, al cabo tengo toda la vida por delante… Pues sí, en efecto: la primera acepción, que es la descripción del animalito, no la pongo porque es muy larga, pero la segunda es “persona que duerme mucho”. Y no es que haya dormido tanto sino que se fue haciendo tarde porque la noche no la usé para dormir sino para dolores, ansiedades y especulaciones hasta que Milagros calentó una bolsita de semillas –pobre, no la dejaba dormir con mis revoloteos y zozobras-y me la puso en la mandíbula: Haz de cuenta que hubiera sido la varita de mi madrina el hada: nomás tocarme y me quedé dormido, pero eso fue hasta las quién sabe cuántas, antes no se nos ocurrió ni a ella ni a mí. Uno de los medicamentos asociados a la quimioterapia, que tiene como función recalcificar las vértebras para combatir la metástasis hace la gracia de alterar la estabilidad de los maxilares y a veces me sale una inflamacioncilla dolorosa en el derecho, como un pequeño tumor en el hueso y –ay- duele. Y esa era una de las broncas que tenía yo anoche. Porque hacia la madrugada no necesitan ser muy intensos los dolores para ser insoportables, con que estén ahí, puedan despertarte y sepan durar.

Otra era que vimos una película muy perversa que se llama Training Day, con unas actuaciones espectaculares de Denzel Washington y Ethan Hawke y una realización impecable de Antoine Fuqua, que trata del sórdido espacio que queda entre la ética y la supervivencia de la policía de narcóticos en Estados Unidos y el rito de iniciación de un policía nuevo. Parece que no, porque está uno acostumbrado ya a ver cosas tremendas, pero como está muy bien hecha, logra que uno se involucre moralmente con la historia; hasta un Oscar le dieron a Washington, que nos tiene siempre acostumbrados a la sorpresa por la credibilidad de sus personajes. Pero lo que pensaba es en lo ajeno y lo cercano que es ese mundo para nosotros; nos es familiar por la cantidad de películas que hemos visto en torno a las distintas policías de los Estados Unidos y nos es completamente ajeno al mismo tiempo; no se parecen esos policías ni sus conflictos ni sus procedimientos con los policías nuestros; cuando vemos el mundo de los policías mexicanos en el cine los vemos con una cierta vergüenza que parte del desprecio profundo que les tenemos; así los ha tratado el cine y esos héroes nos ha dado. Semejante a lo que pasa con los políticos y con los funcionarios; los gringos se ven complejos y capaces de rozar la épica aun en sus peores acciones mientras que nosotros nos vemos mejor en la caricatura.

Total –dice el poeta recogiendo el reguero de toses que ha dejado por toda la casa- que la mañana se fue en nada. ¡Cómo lo siento!

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11 Mayo 2008

Tratamiento alternativo

Lo de los antibióticos está muy fácil: un bichito maligno se introduce en nuestro cuerpo y encuentra condiciones a gusto para desarrollarse; no está en sus planes importarle si nos destruye o nos ayuda a mejorar, hace lo suyo al margen del bien y el mal; hace, sencillamente, lo que la naturaleza le tiene marcado hacer; viene entonces la ciencia y descubre que hay otros bichitos por aquí y por allá que lo pueden atacar y destruir adentro de nuestros propios órganos, en donde está parapetado y le prepara las estrategias y las dosis necesarias para combatirlo; de esta manera se curan las enfermedades infecciosas. Con la información general que uno tiene alcanza más o menos para entender este procedimiento, aunque cueste trabajo discernir cómo en universos tan minúsculos la inteligencia se las arregla para ordenar el trabajo y saber qué acciones le toca a cada parte y en qué proporción se debe disponer de esto y de aquello; aunque es lo de menos: se estudia y se aprende. Pero hay cosas que cuesta más trabajo comprender. O imaginar siquiera. Como las del riesgo corrido durante inacabables generaciones para probar los elementos de la naturaleza hasta sonsacarles el secreto. ¿Te imaginas –piensa abismándose- cómo se fueron obteniendo las fórmulas de los venenos? ¿Cuántas pruebas involuntarias hubo que registrar hasta tener la certeza de que tal planta produce una sustancia que si te la tomas te mueres? O peor: las pruebas voluntarias, los extractos de acónito, de cicuta, de beleño, escondidos en los fondos falsos de los anillos de los cuentos en los que la malvada envenena al rey.

Hay, claro, otras formas más complejas que aunque cueste muchísimo trabajo, uno se imagina que lo puede entender, como la quimioterapia, vaya, que al fin de cuentas ya no son bichitos contra bichitos pero son artilugios preparados desde fuera, desde el laboratorio, para combatir deformaciones que hay dentro, por decirlo de la manera más fácil, y que hay que introducir en el cuerpo enfermo para que actúen. Y parece que sí, que acuden a donde los mandan y destruyen las células en rebeldía, lo que no garantiza la curación del enfermo porque en torno a esa mecánica hay mucho mar de fondo: primero, que no destruyen tan selectivamente sino que lo hacen a bulto y debilitan todo el sistema de defensa del propio cuerpo, con lo que se disminuye su capacidad natural de recuperación, y luego todo lo que se ignora: por qué se rebelaron esas células, qué pasa con las que debieran actuar espontáneamente como defensas, cómo se las arreglan las atacadas para buscar su supervivencia desplazándose hacia otros territorios en el mismo cuerpo. Y un montón de cosas que tienen y no tienen respuesta.

Pero lo que me tiene anonadado es el origen y el desarrollo de formas de curación alternativas, como la acupuntura. Según eso, a lo largo y ancho de todo el cuerpo hay puntos conectados entre sí con los órganos y las vísceras por una electricidad que se pone en movimiento y estimula la acción defensiva de las partes. O algo así. Si me ponen una aguja en un punto determinado de la mano, o de la oreja, el sistema nervioso manda mensajeros a corregir tal o cual error que está cometiendo un órgano que recibe la orden de enmendar sus errores. No; imposible comprenderlo. Pero el caso es que empezaron a ponerme agujas para ver si con eso se contiene la tos –me dice en medio de un acceso en el que veo cómo al pobre se le acaba el aire que respira y parece que los ojos se le quieren saltar. Ojalá que le sirva-.

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21 Abril 2008

Vespertino dominical

Teníamos ganas de ponernos a jugar baraja o scrabble o algún otro juego de mesa luego de esas agujas en salsa verde que preparó Milagros y que estaban de rechupete –las agujas viene a ser un corte del cerdo que se hace acá incluyendo el hueso de lo que en México se corta como espinazo pero con toda la carne a su lado, con lo que quedan unas chuletas que son la parte más sabrosa del animalito-; teníamos tomatillo de milpa todavía del que trajo María Aura, porque aguanta mucho en buen estado y el cilantro ya lo venden en muchas verdulerías en Madrid, así que había lo básico; hasta frijoles refritos y una salsa de chilitos verdes religiosamente picosa, también tenemos una estufita china que ponemos al lado de la mesa y ahí calentamos las tortillas, de modo que podemos taquear sin restricciones y con la debida ortodoxia. Y con esa disposición de jolgorio dominical mexicano invitamos a Oscar y dimos buena cuenta de las raciones del puerquito y de una ensalada de jitomates con sardinillas, aceite para remojar el pan y orégano cualitativo. Rico, pues. Hasta con ganas de echarse unos alipuses para tardear relajaditos.

Pero ahí vino el bajón. Parece como que la sangre agarra todo el oxígeno que se asoma al cuerpo y lo usa para sus digestivos fines y entonces el fulanito no tiene casi forma de respirar, se le pelan los ojos y venga desde el diafragma espasmo tras espasmo con una tos re fea que le impide no sólo la disposición para jugar sino para estar en cualquier posición y para departir con nadie –ni consigo mismo siquiera- y entonces lo que procede es que los demás se sientan incómodos, el anfitrión se sienta incómodo, la señora de la casa se sienta incómoda y diga bueno pues los dejo solitos un rato para que hablen de sus cosas y empiece a llevarse platos y cazuelas para la cocina. Oscar entonces, claro, incómodo, ve el reloj, se horroriza con mis tosidos, se apura el mezcal y dice que tiene que ir a ayudarle a no sé qué cosas a su suegro. Se levanta y se va.

Y así, con tan poca gloria, ve nuestro pobre hombre que comienza su relato vespertino. No era una tarde especialmente luminosa, luego esos reflejos que entran a mansalva y se distribuyen como fractales alegóricos por todo el techo del salón estaban ausentes y el verde de las plantas asomadas a las ventanas trataba a toda costa de engalanarse con sus propios matices pero acabando por aceptar que el verde es un solo color y que todas con tal de seguir siendo verdes son iguales. El relatado sabía que al menos durante dos horas habría de tener alma, vida y corazón comprometidos en toser la digestión, como una maquinaria externa de ayuda a los movimientos ventrales para que se revuelva bien la mengambrea y tomen su respectivo curso las partes de la cosa: proteínas por allá, vitaminas por este lado; aminoácidos, derechito; minerales, por aquí sin hacer ruido, por favor; a ver tú, colesterol, ¿qué no sentiste el fregadazo de aceite puro de oliva virgen sopeado en el pan?, pues era para que te sesgues, ojete; a ver el colesterol bueno: por aquí te resbalas, papacito. Y todo retomara su armonía si no hubiera sido porque nuestro galán tuvo que irse a toser solo a otra parte, en donde con alguna película se entretenga. Ay, triste su calavera.

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20 Abril 2008

Qué error

No tenía la intención de ser suma de acciones progresiva, no pensaba que después tendría que dar cuenta del paso del tiempo, del deterioro inevitable del enfermo, del desgaste anímico y físico que habría de caminar junto con los pies cada vez más lentos, con las rodillas cada día más frágiles, con el aire cada vez menos potente –a fe que ahora se viera lanzando las voces estentóreas del Diablo de la Historia del Soldado, de Stravisnky, que soltaba una carcajada que duraba una eternidad porque como era el diablo no necesitaba reponer el aire en los pulmones-, no pensó en plan ni en estructura, se agarró a la página y se puso a escribir con inocencia, tratando de que cada día fuera lo más cierto posible la descripción de lo que aquí iba poniendo. Pero ayer que se puso a releer todas las paginas en las que aparece la tos, desde su última gran inuguración, en septiembre, en el viaje a México, se dio cuenta de que es una aburrición, que debió haber echado mano del narrador desde el principio e intentar incluir y desarrollar otros personajes, por más irreales que pudieran ser: la puerta, si quieres, el lavabo, algunas piezas de la vajilla con quienes pudiera dialogar, intercambiar impresiones, encontrar puntos de vista diferentes.

Y otra cosa: no debió hacer rutina de la mañana sino escribir a cualquier hora, llenar de horarios distintos las páginas, con sus montones de cosas diferentes y no sólo los sueños y el estado en que pasó la noche y las horas que le fueron cedidas, tantas veces a regañadientes, para reposar. Tan lleno de otras cosas está el día, por más que no salga, que no haga aparentemente nada, que lea, mal escriba o vea televisión; otras cosas y matices hay a la hora de la comida, otras visitas a veces, y por la tarde siempre hay luces que entran por el salón de manera tan diferente que por la mañana, las plantas ocupan un lugar tan importante en la vida vespertina de la casa; y los ruidos, los tiempos de la gente pasando por la calle bajo las ventanas. Otra vida, pues, una que podría leerse de manera diferente, un enfermo con otra sensibilidad, con una imaginación distinta cuyo año escrito –que sabríamos desde el principio que mentiría- habría mentido de otra forma; un estado de ánimo más vapuleado por las horas del día quizás no tuviera ese optimismo de feria con que salta del edredón.

Pues, vaya, no hay remedio. O quizás meterle mano como si se tratara de una obra literaria en borrador; regresar al principio y buscar con las herramientas del oficio cómo calafatear el barco y ponerlo a flotar para que navegue bonito, quitarle la machaconería burocrática de la hora diaria de checar tarjeta y ponerse el uniforme de piso para comenzar el trabajo. Hacerlo más universal y abierto, que los días tengan más horas y el sol tenga también la posibilidad de desparecer del horizonte con la red cargada de oros y bisuterías recogidos a la largo del día. Ah, qué desgracia, qué incómodo darse cuenta de que el cáncer que tiene lo usa todo el día y la tos la tiene de tiempo completo desde hace siete meses, y hasta aquí, en mi relato, que comenzó tarde, cuando ya él solo había hecho un papalote de hilo largo, largo, pareciera que los días han sido pedazos del tiempo en los que esas lacras brillan y después se meten a dormir en un cajón acojinado, como gatos, hasta que viene de nuevo la oscuridad propicia. Ay, Aura, qué mal lo haces.

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