22 Octubre 2007

Riesgos

Riesgo siempre se corre. No sabe uno en dónde va a saltar la chispa de la casualidad que provoque el desencadenamiento de las cosas. Ahí tienen por ejemplo a Eneas; ha ido y venido en medio del desastre; los aqueos se salieron con la suya y entre astucias y audacias lograron que los teucros metieran el caballo a Troya. Y eso que Laocoonte se los había advertido pero como todas las cosas tienen anverso y reverso, los sitiados optaron por meter el animalote de madera en la ciudad con las consecuencias que ya todos sabemos. Los hombres han sido todos pasados a cuchillo; las mujeres y los niños están ya separados para repartírselos como parte del botín. Ya debe haber ocurrido la escena espeluznante en la que el hijo de Héctor, Astianante, es precipitado desde lo alto de la muralla ante los ojos desesperados de su madre Andrómaca, a quien no le queda más remedio que asumir que ya no tiene marido que la defienda y que de haber sido la esposa del mayor héroe de Ilión es ahora una pieza de intercambio entre la soldadesca vencedora. Y el único al que no le ha pasado nada, y no porque se haya andado escamoteando al peligro porque bien que ha estado peleando contra los invasores todo lo que ha podido sino que hay veces que a uno le toca y veces que no.

En esas está cuando ve acurrucadita en un rincón del templo de Vesta, tratando de esconderse, nada menos que a Helena, la hija de Tíndaro, la esposa de Menelao que huyó con Paris –porque nada ni nadie la ha reivindicado todavía de la culpa de haber aceptado el rapto-, la causante de todas las tragedias habidas y por haber en este enfrentamiento. Su primer impulso es matarla; si por ella han muerto todos los héroes, si por ella Príamo, el poderoso rey viejo ha sido ignominiosamente asesinado por Pirro, el hijo de Aquiles, que no heredó ni un ápice de la grandeza de su padre; si por ella el mundo se ha trastocado, los templos han sido saqueados y ofendidas las divinidades patrias, lo menos que Eneas puede hacer es aplicarle una muerte justiciera, según la justicia de los hombres. Aunque los dioses, ya se sabe, piensan de otra manera.

Virgilio, pobre, qué puede hacer, si hace ya siglos que Homero la puso al lado de Menelao recibiendo la visita de Telémaco, el hijo de Ulises, no precisamente arrepentida pero sí tachándose a sí misma de loca por haber cedido a la voluntad de los dioses. O sea, viva después de estos acontecimientos. Pero qué puede hacer Eneas que siente el impulso de matarla y está en situación de hacerlo. Por fortuna lo resuelve su madre, Venus, que una vez más se le aparece y le dice que no quiera intervenir en los designios divinos -que están fuera del tiempo-, que mejor vaya y busque a su pequeño hijo Iulo y a Creusa, su mujer y convenza a Anquises, su padre, de que abandonen Troya, en donde no tienen ya nada que hacer, y se vayan a buscar un nuevo destino que será nada menos que el imperio romano, si es que llegamos al final de la Eneida. Claro que habrá que pasar por muchas pruebas y superar montones de obstáculos, pero siempre son así las grandes causas. Hay que correr riesgos porque si no la vida no sabe a nada.

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29 Agosto 2007

La noche final

Creo que conté ciento diez y ocho y de esos sólo sobrevivieron dos, el aeda y el heraldo Medonte, y a todos los demás, uno por uno, se los escabechó a puerta cerrada unido ya por fin con su hijo Telémaco, a quien vimos transformarse de muchacho inseguro en guerrero capaz, ayudados por el porquero Eumelo, personaje entrañable que hace un papel magnífico como constatación de la legitimidad de Odiseo para volver a su casa y de la constancia del hogar para con el héroe, y del boyero Fileto que aparece providencialmente en la historia y sirve para reforzar la acción. La catástrofe perfectamente orquestada por la astucia de Odiseo no tiene desperdicio, a éste le atraviesa el cuello con una flecha, a aquel le hunde la lanza bajo la tetilla y le perfora el hígado, al otro le corta la cabeza que sigue hablando mientras cae separada del cuerpo, y quizás los más de cien pretendientes, fuertes y capaces, que van cayendo se habrían repuesto cuando Melantio, el cabrero, que está de su parte, les trae a escondidas algunas armas, pero Palas Atenea interviene también como combatiente y todo se lo lleva la cachiporra.

Pero lo más notable -acuérdense quienes lo leyeron conmigo en voz alta, hace años- es cuando, después de que las esclavas han recogido y amontonado los cadáveres en el patio y limpiado el salón con trapos y esponjas y toda la escena ha cambiado, le avisan a Penélope que ahí está su marido, que ha vuelto disfrazado del mendigo que recibieron y que ya ha ejecutado la venganza esperada, que baje y lo abrace y reciba como lo desea y se merece. Penélope se le acerca desconfiada y en lugar de lanzarse a sus brazos, como sería de esperar en una historia de tanta apariencia retórica, se sienta enfrente de él y se pone a mirarlo con curiosidad y una melancolía que traspasa la piel y pone los pelos de punta; han pasado veinte años, recuperar la cercanía y la espontaneidad no va a ser fácil. “Su corazón revolvía una y otra vez si interrogaría a su esposo desde lejos o se colocaría a su lado, le tomaría de las manos y le besaría la cabeza. Y cuando entró y traspasó el umbral de piedra se sentó frente a Odiseo junto al resplandor del fuego, en la pared de enfrente… El estupor alcanzaba su corazón.”

Es larga la secuencia de las almas tratando de acercarse sobre la dificultad del tiempo y la violencia. Ella sentada frente a él, callada, con una sonrisa a medias entre la suspicacia y el llanto. Y él azorado, sin entender lo que le pasa. Sólo hasta que le demuestra que conoce el secreto de su lecho conyugal porque él mismo talló su base sobre un olivo viejo y construyó la alcoba en función de ese tronco tallado, Penélope accede a reconocerlo luego de haberle dicho a la criada, para probarlo, que saque el labrado lecho y haga otra cama, con lo que Odiseo se sulfura pensando que alguien ha cortado el tronco imposible de mover porque está arraigado a la tierra. La metáfora es insuperable, claro, pero es el mejor colofón que puede tener la historia. Y todavía, para que les rinda, Palas Atenea les alarga la noche deteniendo a la Aurora de rosados dedos.


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28 Agosto 2007

Los días señalados

Ya es casi como si fuera una golosina, como si me tocara ir a una sesión de régimen alimenticio en donde me dan platillos que si no los disfruto de momento sé que tarde o temprano me ayudarán a tener un mejor cuerpo, una silueta más viril, como más viva, como antes, pues, y cada vez es también un hecho más administrativo, digamos, más burocrático: siéntese allí, Alejandro, ¿en cuál la ponemos?, y yo elijo en cuál brazo tengo menos pinchazos recientes. Dos horas escasas y listo, me voy con mi quimioterapia a otra parte. Primero a la calle en donde el mediodía de agosto está floreciente; de pronto se nubla y comienza una discreta lluvia de verano, de esas que rocían como si fueran a planchar, pero la gente en las terrazas de Diego de León sigue tomando sus cañas y comiendo sus aperitivos sin inmutarse; algunos comen ya la comida fuerte del día pero no se arredran ante las amables gotas que parece que piden permiso para refrescar un poco; si acaso, alguno cubre el pan con una servilleta. Escampa. La nube pasa. El verano sigue.

Luego de detenerme en algún quiosco a mirar encabezados de los periódicos (Rajoy dice que aunque pierda las elecciones no se irá a su casa y no dejará la dirección del PP; parece una declaración nerviosa porque faltan muchos meses), me encuentro con Milagros que viene caminando en sentido contrario pues vamos uno en busca del otro –prodigios del teléfono móvil- ella de un trámite bancario, yo, ya dije. Y ligeritos de pies y tomados de la mano caminamos todavía otras cuadras hasta la parada de un autobús que nos lleve a casa, estoy de humor para caminar y para regresar en transporte público. Pero la tarde en casa, sobre todo por disciplina, es reposada; así será toda la semana; quizás mañana me sienta decaído, cuando el medicamento esté en el cenit de sus efectos, pero tengo lecturas de sobra y entretenimientos de reposo en abundancia. Comienza el hipo que por lo pronto no es amenazante; viene y se va. Pero la lucha verdadera, la soterrada conciencia del trabajo que debo hacer está emergiendo: hay que vigilar celosamente la digestión y la lentitud intestinal que provoca el medicamento. Tengo que equilibrar fibras y comida no irritante y al mismo tiempo cuidar de que no sean alimentos astringentes. Una odisea, pues.

Y a propósito: después de tantas peripecias y tanto trabajo como nos ha costado, ya llegó por fin Odiseo a Ítaca pero tan astuto no se deja conocer ni siquiera por Eumelo, el porquerizo que le cuida las piaras con tanto amor y devoción, y Palas Atenea -¿qué se puede hacer sin la intervención de los dioses?, a ver díganme, qué, o sin el teléfono celular-, ha ido a advertirle a Telémaco que los pinches pretendientes le tienen puesta una celada para matarlo a su regreso del continente, a donde fue a buscar noticias de su padre porque ya la situación en su casa es insostenible, llevan tres años banqueteando a costa de la riqueza de Odiseo y ya le están urgiendo a Penélope, con maneras que han dejado atrás la galantería, para que se case con alguno de ellos, y que pare de engañarlos con la telita que teje de día y desteje por las noches. Ya ustedes saben lo que va a pasar; y yo también, pero cuánto disfruto volviéndolo a leer quietecito en mi cama.


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27 Agosto 2007

El espejo borrado

Katábasis. Hay que irse aprendiendo la palabrita, que significa descenso a los infiernos. Pero no vayan ustedes a pensar que se trata de bajar al infierno a la manera de Dante: un averno espeluznante en donde a las almas les ocurren los más sanguinarios episodios de crueldad y vileza que se pueden concebir para alguien que habrá de padecerlos por toda la eternidad; inteligencias muy enfermas, perversas, malvadas, muy ambiciosas del poder terrenal tuvieron que haber creado semejante imaginación que pone los pelos de punta. El Alligieri bordó en una obra maestra lo que durante siglos habían ido construyendo y poniendo en práctica las infames cúpulas intelectuales –si se les puede llamar así- del cristianismo. No, me estoy refiriendo a otro descenso a los infiernos, la katábasis griega, la que heredó de Grecia el cristianismo de los primeros días, la que describe Homero cuando Circe manda a Odiseo a entrevistarse con el alma del adivino Tiresias que ya reposa en el Hades, en el lugar a donde van todas las almas de los muertos, para preguntarle si volverá a Ítaca, si volverá a ver a los suyos, y todo lo que le inquieta y nos servirá a los que estamos escuchando, o leyendo en nuestro caso -porque ahora quién nos recitaría la Odisea-, para activar el interés que nos lleve hasta el final de la historia y no quedarnos con la sucesión de desgracias que les ocurren al héroe y a todos sus compañeros.

La palabra no debiera ser infierno –que el papa anterior ya había clausurado y el actual le volvió a dar licencia de funcionamiento- porque está teñida de lo más maligno y morboso que pueda crear la imaginación, ni descenso, porque el descenso está marcado por la degradación por oposición al ascenso, sino otra cosa más cercana a la desaparición; en vez de infierno, el más allá debiera llamarse espejo borrado -o tal vez espejo a tierra-. Sí, katábasis quiere decir pasar al espejo borrado. Pues resulta que allí Odiseo, en efecto, se entrevista con el alma de Tiresias, y el ciego lo pone al corriente sobre todo lo que quiere saber. Pero lo más chistoso es cómo hace para ahuyentar a las almas que se le dejan venir, incluida la de su mamá y las de montones de matronas que perdieron a sus maridos y a sus hijos en Troya y las de muchos otros héroes que andan por ahí, por el espejo borrado, sin sufrir ni gozar, allí, en donde se va diluyendo, poco a poco, la memoria.

El rito consiste en hacer a las puertas del Espejo Borrado un hoyo en la tierra y verter en él sangre de un carnero negro recién sacrificado; las almas vienen a querérsela beber porque están acostumbradas a esas ofrendas y de eso se mantienen mientras alguien se acuerde de ellas y les haga sacrificios, pero para evitar que se agandallen la sangre los primeros que llegan y poder esperar a Tiresias, tiene que poner la espada atravesada sobre el hoyo con la sangre. Digo que es chistoso porque las almas qué miedo pueden ya sentir por una espada, ni modo que las vuelvan a matar, y menos a su mamá. Pero bueno, tengo el buche repleto de chismes que contar y de cosas que se me habían ocurrido pero no me alcanza la página porque esto sólo es una bitácora y no un libro de aproximaciones. Nomás era para decirles que se aprendan la palabra katábasis, que Homero está en contra de la idea que tanto priva acerca de lo que puede pasar después de la muerte. Y que lean la Odisea, que está buenísima. O bueno, que la lean otra vez, ha mejorado mucho.


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22 Agosto 2007

La trama de los gemelos

El problema con Agamenón es que era incorregible. Ya había tenido el encontronazo con Aquiles por el asunto de Briseida. No sé si se acuerdan, pero toda la cólera del Pelida, por lo que estaba recluido en sus naves y se negaba a pelear contra los troyanos a pesar de que les estaban dando a los aqueos hasta por debajo de la lengua, fue a causa de que al abusivo de Agamenón le exigieron sus consejeros que entregara a Criseida, una chiquita que tenía como botín de guerra de las piraterías que hacían en los alrededores mientras cercaban Troya, porque el papá la vino a rescatar de buen modo y con muchas riquezas a cambio y el Atrida se negaba a entregarla; Crisos, que tenía cierta influencia con los dioses, se quejó con ellos por la injusticia y Apolo mandó una peste de cólera que diezmó al ejército griego en unos cuántos días. Todo mundo le pidió entonces a Agamenón que se dejara de berrinches y la entregara y éste a regañadientes aceptó pero mandó que le quitaran a Aquiles a la bonita Briseida, que también era fruto de piratería y se la dieran a él a cambio. Fueron y se la trajeron porque ni modo, era el rey; pero aquel se quedó con tal cólera que hizo que Homero escribiera la Ilíada.

Bueno, pues ya cuando tomaron Troya porque se metieron urdiendo la astucia del caballo y mataron a todo mundo y comenzaron a saquear y a recoger el botín, Ayax, uno de los héroes griegos más conocidos (no el gigante Telamonio sino el hijo de Oileo, que de por sí era chaparro, antipático y conflictivo), entró al templo de Atenea y se encontró allí con Casandra, la hija menor del rey Príamo -a quien ya habían pasado por las armas- porque tenía dotes de vidente y la estaban preparando para sacerdotisa de la diosa que tanto había ayudado a los aqueos durante el cerco de Troya enojada como estaba con Paris Alejandro que había sido juez en un certamen de belleza y había dicho que Afrodita era la más hermosa de las diosas. Pues Atenea se encolerizó porque adentro de su templo Ayax quisiera violar a una de sus elegidas y en castigo hizo que el viaje de regreso de los griegos a su tierra fuera tan accidentado.

Pero el caso es que después del zafarrancho, Agamenón, a quien no le importaba que otros las hubieran visto primero, tomó para sí a Casandra a sabiendas de que había sido ya motivo de conflicto ante Palas Atenea –y aquí sí hay que reconocerle que con tal de quedarse con la muchacha, porque era empecinado en el tema, no quería emprender el regreso hasta hacer sacrificios a los dioses para aplacarlos y congraciarse con ellos, y porque como quiera que sea tenía la responsabilidad del buen retorno de todos, pero su hermano Menelao lo carrereó y se tuvieron que ir antes de resolverlo-; en el largo trayecto de regreso la tuvo como compañera y la muchacha le dio unos gemelitos, Teledamo y Pélope. Si de por sí ya la señora Clitemnestra estaba furiosa contra su marido por lo que les conté el otro día, imagínense la muina que le causó que el marido le llegara con una esclava joven y bella y con dos retoños. Clitemnestra cortó por lo sano y mató al marido y a la amante. Lo que nadie cuenta es qué pasó con los gemelitos. El detalle se les escapó a Esquilo, a Eurípides y a Sófocles, o a lo mejor se perdió con el montonal de tragedias que no nos llegaron.


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10 Agosto 2007

Las cosas como son

¿Quién puede dormirse tranquilamente con semejantes acontecimientos acabados de ocurrir? Orestes ha perdido la razón. Claro. Pero es que sólo saliéndose de la conciencia se puede soportar el haber hecho lo que hizo. Aunque Clitemnestra no hubiera sido una buena madre, aunque no tuviera el muchacho buenos y cálidos recuerdos de abrazos protectores, la señora era su madre. Porque una cosa es haber matado a Egisto, que en este caso no es más que una especie de zángano inútil manejado por la mujer y comido por la indignidad y la molicie, y otra muy distinta vengar al padre en la vida de la madre. Qué fuerte. Aunque la cosa no era para menos. Clitemnestra tiene razones muy poderosas para odiar a Agamenón, sí, pero no puede transgredir de esa manera el deber ni situarse en una individualidad que no le pertenece ni cultural ni históricamente. Ella tiene ciertos deberes que no puede hacer a un lado, por más resentida que pueda estar; entre ellos, la fidelidad al marido aunque se tarde diez años en regresar; no anda paseando, está al frente de los aqueos en la lucha contra los troyanos. Ni modo, es el rey. Y ella es la reina y tendría que haber estado a la altura.

Y yo no es por defender al bruto de Agamenón, pero cuando creyó haber matado a su hija Ifigenia -lo que no le perdona su señora- lo hizo obedeciendo al oráculo y con la responsabilidad del dirigente que tiene la obligación de sacrificar lo que sea para el beneficio de su pueblo, y en este caso lo que convenía era que los dioses se contentaran y ayudaran a la escuadra griega soplando buenos vientos para que pudieran zarpar. También pinches dioses que les hacen la jugarreta de sustituir a la niña con una cierva y llevársela para criarla como sacerdotisa de Ártemis y los dejan con el dolor de la pérdida para siempre, sin saber que Ifigenia vive. Pero es que así son los dioses, pura improvisación y arbitrariedad. Y luego está el regreso de él acompañado de Casandra, otro puyazo para la esposa y otro cadáver para el túmulo. En lugar de matarla doña Clitem debió haber sentido solidaridad de género con ella y practicado la piedad; la pobre chamaca qué culpa puede tener. Ella es víctima y más que víctima; la hija menor de Príamo, por más visionaria que sea, no es más que botín de guerra; ya con todos los hermanos muertos e Ilión tomada, ella no representa más que un despojo.

Si Clitemnestra, en lugar de desterrar a su hijo Orestes lo hubiera conservado consigo, con amor de madre, quizás lo habría acabado poniendo de su parte y las cosas no habrían llegado a tales extremos, él no habría sentido la obligación de matarla y matar al amante para vengar al padre, pero no comete más que error tras error, y en el caso de las tragedias, los errores se pagan con la vida. Y no lo digo por ésta sino que ya ven ustedes que en todos los casos es lo mismo; ahí tienen a Edipo, por ejemplo; pero otro día hablamos de él, ahora estamos con esta familia. Vaya, hasta con Electra la riega, que la tiene ahí a su lado y bien podría ser, como mujer e hija, su mejor cómplice. Total que cómo se va uno a dormir con serenidad si Esquilo vuelve a ser implacable y no perdona a sus pobres personajes que desde hace como dos mil trescientos años siguen sufre y sufre el embate terrible de la fatalidad. Duerme uno pésimo. Vamos a ver ahora cómo le va al pobre de Orestes en Las Euménides.

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27 Julio 2007

¡Ah. Grecia!

Hace treinta o cuarenta años, cuando leí El Coloso de Marusi, de Henry Miller, me prometí que iría a Grecia y recorrería ese poso de historia y cultura con detenimiento y paciencia, iría a cada isla y cada asentamiento a la orilla del mar y me asomaría atrás de cada roca y me mojaría los pies en cada río saludándolo devotamente con la secreta intención de caerle bien y que viera con buenos ojos mi posible relación con alguna de sus hijas que seguramente estaría con otras ninfas tan apetecibles como ella por aquellos prados jugueteando bajo el cielo profundamente azul de aquel Mediterráneo. Cada año lo pospuse irresponsablemente. Cada vez pensé que no era el momento oportuno, que no tenía la libertad necesaria. Y mientras tanto leía a Homero o a Herodoto, a Jenofonte o a Apolonio de Rodas y me iba construyendo la barca de imágenes en que navegaría hacia adentro una vez que llegara a Grecia. Al empezar este año, cuando murió Sergio Jiménez, con quien compartí de muy joven, con tanto cariño, algunas de estas lecturas y fantasías y supe que él tampoco había ido a Grecia y que era uno los pendientes que dejaba, se redobló mi tristeza profunda por su muerte.

Pero estoy leyendo ahora un libro delicioso de Javier Reverte, Corazón de Ulises, que es un viaje por cada estación de la cultura griega, contado el viaje del solitario por los lugares de hoy día y contadas las abundantes lecturas y reflexiones que hacen que cada punto narrado de las islas y de tierra firme de Grecia y de Turquía se abra en el tiempo y se disfrute como un canasto inagotable de placeres y perplejidades. Por ahí andan todos los héroes y los mitos, todos los lugares que hemos recorrido una y mil veces gracias a la poderosa transmisión de la literatura, y andan los monstruos míticos y las batallas imposibles, los pasos de los ejércitos persas y de los aventureros griegos. Unos cinco mil años en abanico. Un bombón de lectura, que además de ser sabroso está lleno de sabiduría.

Cuando llegué al capítulo que se llama La armadura de Aquiles, pensé que leería una vez más la descripción minuciosa del mundo griego con sus ritos y costumbres labrados en el escudo con esa pasión de miniaturista y visión cinematográfica de Homero, cuando se la entrega Hefesto a Tetis que se la ha pedido para suplir las armas que Héctor se llevó como trofeos de guerra, para que se arme Aquiles, que ya depuso la cólera y está dispuesto a hacer las paces con Agamenón y entrar a la batalla para vengar la muerte de su querido Patroclo. Pero no, Reverte no va por ese camino; nos cuenta los últimos momentos del poema de Homero y pasa a otras reflexiones. En fin, ayer llegó mi hija Cecilia, que viene también de Grecia, esa Grecia que se me acerca cada día más y que veo más lejana cada vez. Qué cosas.

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