10 Junio 2007

Niño sin nombre

Con este poema se acaba el libro que nos tocó leer día tras día. A partir de mañana nos veremos en la edición cotidiana de los poemas de Júbilo, que publicó en 1996 el FCE. Así de rápido ya vamos al tercer libro. Me estoy temiendo que mis obras completas no pasarán de un año, o cuando mucho dos.

NIÑO SIN NOMBRE

Para mí no acaba el plazo de la vida
porque morí al nacer,
no hay fecha que desazone mi espíritu pensando en el horror del vacío porque antes de conocer siquiera las caricias de mi madre pasé a mejor vida, como dicen,
aunque no hay vida mejor que ese breve momento en el que tuve sangre circulando caliente por mis venas y oí en mis propios oídos un ruido que salía de mí mismo como un líquido dulce
pues todo lo demás –cuál mejor– fue pudrirme, secarme luego y comenzar el único trabajo posible del amor que es deshacerse,
volver a ser de nada

ah, si hubiera tenido un rato más para probar a qué sabía mi madre,
para oír su voz enseñándome con paciencia de carne una a una las palabras con que se hace el cuerpo de la vida,
–cuerpo, carne, sangre, sabor, qué apetecibles palabras–
si hubiera visto sus ojos enfrentito de los míos proyectando en mi retina lisa toda su historia y la de sus antepasados, fuera lo que fuera y como fuera,
habría dado mi vida –es un decir– por tener un recuerdo palpable de besos, de caricias, de cuerpo contra cuerpo,
como esas vírgenes desnudas que sueñan los herejes o algunos cristianos muy puros
abrazando a sus niños con emoción de madre nueva,
si hubiera dado tiempo de algo,
pero apenas había corrido el trámite de pasar de líquido a corpóreo,
apenas había podido desfruncir mis párpados y labios para aspirar los listones del aire
cuando el color amarillo verdoso me llevó a la muerte sin que hubiera voz que apelara la sentencia
porque mi madre permanecía sedada y mi padre era un cretino

al revés de como es la vida yo he ido decreciendo en donde no estoy,
un conjunto de negaciones fue mi infancia, mis juegos infantiles, mis aprendizajes,
las rayas regulares del piso son los escalones de ascenso, las rayas irregulares son asechanzas chistosas,
los claros en que piso son lo único que puedo hacer,
si piso raya mi destino cambia, el universo revienta
y los muertos desaparecemos,

mal que bien tuve que ir educando a mis padres para que me quisieran,
ellos no lo saben pero entre maldiciones y blasfemias he intercalado besos, caricias dolorosas, abrazos apretados llenos de fiebre y miedo, de una pesadez horrible que he sentido en mi cuerpo negado
para que ellos, al contacto conmigo, vuelvan a creer en la fertilidad que se frustró con mi deceso
bien que ya es imposible remediarlo
porque el seno en el que estuve tramitando el corto viaje también ya está del otro lado
pero la enmienda de las torceduras espirituales
igual sucede en tiempos que no son los tiempos reales de la vida
por eso me aplico
y lleno de fervor amoroso hacia mis padres trato de enderezar el naufragio de mi precaria vida.

¡Cuál vida!
¡Si yo hubiera vivido!

Si el miedo hubiera estado allí con su humedad para causar esa alegría sorda de los sudores infantiles
envuelta la cabeza para no ver los fantasmas que me asediaban,
si la avena, el plátano, la leche, el pan dulce, hubieran nutrido mi niñez saludable, rubicunda, ay qué bonito, qué llenito,
poco a poco habría ido conociendo las palabras
mientras viera mi piel extendiéndose para cubrir la carne con que se formaban.
Porque sí digo, pero con lo que digo no digo nada pues todo se quedó en veremos.

Salí en una cajita ridículamente adornada de encajes azules
bajo el brazo de mi padre, como un libro,
una novela cuyos primeros capítulos estaban plenos de carnalidad, saliva, risas y acumulación de vacíos;
y el muchacho, que me iba leyendo
con esa voracidad con que a veces se devoran las historias,
arrancaba las páginas para no caer en tentación de releerlas,
desde que salimos del Centro Médico hasta que llegamos al cementerio –yo no sé su nombre, no sé cómo se llama el depósito en donde fui dejado; ahora me da risa pero en ese momento
tuve la tentación de reflexionar sobre el destino de mi alma
pues el de mi cuerpo estaba más que claro– hasta que sin una sola lágrima que lo ayudara a soportar la desolación infinita, la más arenosa y seca de las aflicciones, me dejó enterrado,
mas como uno de los capítulos se llamaba El deseo
ando aquí medrando en los páramos más tristes de la memoria.

De tal modo, pues, se reproduce la vida,
vuelve a ser en donde menos se espera;
a diferencia de la vida vegetal,
la vida humana retoña en donde no hay tronco ni rama ni agua ni sol ni aire ni un demonio.
Así que además de ser ya nada, soy recuerdo.
¿Qué diferencia hay entonces entre vivir y no vivir?

Puedo tener, ya tengo, la vida pormenorizada en la que cada segundo
está lleno de olor, asombro, sentimiento, reflexión, acopio,
de simultaneidad tal que en ella pueden abrirse
cada uno de los capítulos desde cuando fui universo indiscriminado
hasta estas pocas horas en las que luché por conservar la vida.
¿O qué fui? ¿En donde terminé apenas empezaba?¿Esa entidad no temporal, ese fugaz evento?

Qué gracia: aquí, donde me toca estar, en este Limbo,
no hay autoridad que decida qué hacer con el caudal de almas
todas sin usar
que se amontonan sin ningún sentido práctico ni mucho menos común
y a un lado de este digamos territorio
está la fábrica de almas nuevas que se van poniendo a toda velocidad
en ejercicio. Un almario febril y enloquecido, una sanfrancia almal
que llena de estrépito las esferas celestes, como ya se sabe.

Ninguna diferencia hay entre vivir y no vivir porque ruido de todos modos se hace
y esos ruidos hay momentos en que hasta son armónicos
y combinados con sus buenos silencios alcanzan a empalmarse en un coro cósmico descomunal con la música de las esferas
que aquí entre nos no es otra cosa que la danza bellísima, efusiva, entusiasmada
de lo que no existe

como yo.

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9 Junio 2007

Postes

Había ido a Nueva York a visitar a mis hijos, que entonces estudiaban, y nos fuimos al Moma que anunciaba una exposición temporal de los retratos del cartero de Van Gogh. No sé si había visto uno o había visto varios en otros museos o en reproducciones pero el chiste fue que el conjunto me impresionó mucho; verlos todos juntos -siete u ocho, no más- le dio al cartero una dimensión que ni me imaginaba y me permitió este salto al vacío.

POSTES

Vamos a ver, señor Joseph Roulin, cartero de Arles,
qué estaba usted haciendo allí, al lado de Vincent Van Gogh,
esos días entre el verano de 1888 y la primavera de 1889 en los que, afiebradamente, porque nunca pudo ser de otro modo, y menos en esos momentos decisivos,
el maestro se dio a la, por lo visto, grata tarea de retratarlo a usted
repetidas veces, según el trabajo que ahora cuesta compilar la obra,
prácticamente en la misma posición, con el mismo uniforme y,
si me apuran demasiado, en la misma silla que, si no me equivoco,
era de rattan con tejido de mimbre, en la cual usted se sentó
una vez y otra vez a ser retratado por su amigo raro el pintor holandés.
Asombro, desconfianza, altanería, complicidad, sorpresa, duelo,
son algunas de las expresiones con que posó para la posteridad
con la barba brutalmente reproducida en llamaradas inversas y partida en dos cuernos arrogantes.
Más viento nunca pasó por su vida ni usted fue nunca más hondamente visto por nadie.
¿Usted sabía que era para la posteridad, o fue simple complacencia, vanidad de un rato, manera de pasar el tiempo fuera de horas,
o la morosa complacencia de unos muy buenos tragos compartidos?
¿O el viento de esas pinceladas llegaba a usted a través de su grueso saco azul de botones dorados y le alcanzaba a romper un poco la piel?
¿Todo perdido, empleado, o un poquito del veneno de Eros por allí escuece?
Diga, diga.
Las expresiones, ¿eran de usted y Vincent las captó con agudeza
o él las inventó para hacernos creer a todos que usted estaba lleno de ricos matices anímicos y espirituales?
Perdóneme, Joseph.
Usted no está aquí, señor Roulin, cartero, ni su pintor tampoco, ni sus tapices con florecitas, ni la mesa barata verde de palo,
de modo que cualquier secreto, por doloroso que sea, puede ser dicho,
ya que los únicos que por lo pronto estamos hoy son el que le pregunta a usted
y este otro intempestivo testigo del drama que es el que está leyendo.
Y en realidad ya nadie está, ni usted, Roulin, ni Van Gogh, ni Aura ni, casi, el inopinado lector.
Pero sus retratos van a ser conservados este otro siglo y muy probablemente
por los siglos de los siglos. De modo que tratemos, se lo ruego, de seguir conversando.

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8 Junio 2007

Helena a la muralla

Si tienen ustedes más o menos fresca la lectura de la Ilíada, recordarán que cuando Menelao y Paris deciden pelear uno contra otro por el rescate de Helena para que se acabe la guerra, Zeus manda a Iris, la mensajera, a avisarle de lo que va a ocurrir. Los dioses son muy entrometidos. Se divierten con los acontecimientos humanos. Era así en tiempos de Homero y sigue siendo igual.

HELENA A LA MURALLA

De manera que estás, bellísima Helena, arrepentida
y cuando llega Iris mensajera en forma de tu cuñada Laódice, la primera en hermosura,
a buscarte con susurros de telas que al paso de sus pasos parecen palmas de manos que se frotaran las unas con las otras,
que subas a los torreones a ver a tu exmarido y a Alejandro pelear por ti
para que ya se acabe de una buena vez esa maldita guerra que lleva ya diez años, ya, ya,
tú estás muy modosita bordando en un manto de púrpura las caras de los troyanos que siempre se te han figurado, a pesar del esfuerzo que hacen, muñecos con los que te apetece jugar,
y de los aqueos a quienes te ha dado por extrañar últimamente,
en particular al rubio Menelao que aquí estás prefigurando y en cuyos robustos brazos tantas veces…

Para qué recordarlo. Con un espejo de bronce en tus manos te asomabas entonces al vacío
y loca, te daba por delirar imaginándote amada, arrancada, desgarrada, comida por el amor.
Ahora que te ven pasar esos ancianos rumbo a la muralla y se quedan murmurando lascivias de ti, desvergonzados,
que a su edad no les importa esconder lo que saben que nadie puede cobrar al espacio sin dientes de sus bocas,
con cuánto amor piensas en tu primer hogar
con las muchachas, la lana esperando ser cardada, el perfumero,
la resina de aquel árbol en que te gustaba subirte de niña y hasta ya bien entrada en mujer. La presentación formal de Menelao pretendiente.

Tu primer hogar, tu casa, tu hermana Clitemnestra, y a propósito: ¿estás enterada que el bruto de tu excuñado Agamenón, al que ahora vas a ver desde la altura sobresalir entre todos los guerreros,
tanto por su estatura de gigante como por su porte de primero entre los príncipes,
quiso sacrificar a la núbil Ifigenia
para propiciar que los dioses le soplaran las velas de los barcos en que venían por ti?
¿Y sabes que hace ya diez años que, sin que nadie lo sepa, convertida en vestal de Artemisa,
ha sido negada a todo amor de varón, con lo que tú no te avendrías?
Piensas: no sé por qué tiene todo esto un olor a tragedia; y eso que no sabes nada, mas que lo poco que ves y la mucha sangre vertida,
mientras vas hacia la muralla desde donde tu suegro Príamo, el bueno de Príamo que si no se atrevió a intentar tener hijos contigo
fue sólo porque a todos les habría parecido un escándalo imperdonable,
aunque ganas no le faltaran, como a todos,
está mirando el desarrollo de los acontecimientos
como suele decirse desde tiempo inmemorial. Y ya está viejo también.

De manera que extrañas, que estás arrepentida; ah, caramba. Leda, madre, piensas,
cuando con mi padre Zeus en figura de cisne nos engendraste a mí y a Polideuces,
¿no habrás tomado por casualidad una ponzoña al estar rasguñando la tierra con las uñas ansiosas
y tenido el descuido de contaminar con ella
la semilla turgente de mi corazón todavía no formado siquiera?

¡Ay Zeus! También Alejandro está allá, donde van a pelear por mí.
Yo qué hago. Diez años ha que yazgo con él en su lecho blando. ¿Habrá un solo modo de su cuerpo que me quede aún por conocer? Qué hago.
Perra de mí, que habré de ser materia de cantos y reproches merecidos en el inclemente futuro,
así me doy a la vista de todos con los brazos desnudos y mi cara de perra y esta túnica talar que viste mi desvergüenza.

Helena. Helena en la torre de Ilión.
Los dioses apocados por tus recursos primorosos labraron tan ingrato destino como el que hoy te trae a la muralla.

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7 Junio 2007

Duración de las naves

Quedan poemas de este libro de aquí hasta el domingo, pero vamos a cerrar durísimo; se trata de poemas largos y de sustancia. Así fue Poemas y otros poemas, qué le vamos a hacer. La semana próxima empezaremos con otro libro, seguramente en el orden cronológico porque la verdad es que soy bastante cuadrado. De modo que iremos hacia atrás, y hacia atrás, hasta donde tope.

DURACIÓN DE LAS NAVES

Y por último, pensemos en los barcos, ¿cuál ha perdurado?
¿No son acaso continentes perfectos que reproducen
las contradicciones todas de la materia?
Cómo es eso que madera y aire no se disuelvan en el agua
y sin embargo, ¿cuál ha perdurado?
Se planta el barco en el agua y jamás echa raíz
navega, boga, orza, hace la mar singlando
y a pesar de tan bellas y móviles palabras, ¿cuál barco ha perdurado?

Cada siglo de los muchos que ya vamos llevando se han construido barcos a millares, cascaritas, cuencos, jícaras marinas,
o palacios, fortalezas, ciudades que navegan
y sin embargo, ¿cuál ha perdurado?
¿No toda nave ha sido por las tormentas sacudida,
en los escollos despedazada,
contra las rocas con que la tierra intenta su defensa
arrojada hasta ser puros añicos su soberbia?

En estos tiempos ¿no vimos cómo el mayor trasatlántico se hundía,
cómo su soberbia lo llevó a la metáfora de un iceberg
y con él se perdió cuanta riqueza embarcarse pretendía?
Y el otro, el submarino, ¿no lo vimos con nuestra respiración entrecortada
perder el aliento y la esperanza de quienes lo tripulaban?
En la lista invencible del tiempo, pues,
¿cuál, cuál barco, me pregunto, ha perdurado?

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6 Junio 2007

Ese niño

Ayer comentaba, a propósito del poema de Cartago, que yo era uno de los niños del grabado. Quise decir que me había elegido en uno de ellos. Me ha ocurrido algunas veces ver niños jugando o en cualquier actividad y escogerme a mí mismo con la imagen de uno de ellos. Ese soy yo, he dicho, y con eso he adquirido plazos de inmortalidad. Ya sólo quedan poemas para esta semana en el libro que estamos revisando, pero no os preocupéis, la vida ha sido larga y tengo muchos otros por publicar.

ESE NIÑO

Ese niño constante y repetido, ese del cabello cortado de tal modo,
ese que está en el patio jugando y al vuelo sus ojos y los míos
se cruzan, se tocan, se fijan, se proyectan;
ese soy yo, me digo, en ese me he elegido;

ese niño era yo, que desandé mi vida,
que a pura explicación fui reculando hasta el principio;
yo también fui gestado sin estatura ni promesa
y mi memoria, sin embargo, me entrega malas cuentas:
idéntica a la muerte fue la vida –supongamos–
y allá, del otro lado, sigo hablando;

una conversación sin interlocutores ni sentido,
una conversación con las palabras
que son las únicas que sí siguen aunque todos nosotros nos hayamos ido.

Cuando todos los que somos se hayan muerto seguirán las palabras aumentando el mundo
pues aunque se destruya guardará en su memoria algunas cosas:
la risa, la compulsión del baile, la posibilidad de haber sido

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5 Junio 2007

Los niños de Cartago

Pues no, este no es un poema de fácil lectura; lo siento. Surgió de una estampa de enciclopedia en la que había unos niños jugando en Cartago sitiada por no me acuerdo quiénes y se me vino la sangre a la cabeza; pensé en la sangre, en la sangre de mujer y en la sangre de varón, no en la de los niños sino en lo que se volverá después. En la diferencia profunda entre lo masculino y lo femenino. Yo nací en la colonia San Rafael de la ciudad de México y por eso la meto en el poema, porque era yo jugando uno de los niños sitiados del grabado.

LOS NIÑOS DE CARTAGO

Los niños de Cartago andaban desnudos, pobrecitos,
igual que los niñitos de Oaxaca o de Guerrero,
como los niños sitiados en Ilión,
diez años los niños sitiados en Ilión
por no decir los demás los años de sitio y confinamiento

una acerada punta de venablo ha traspasado la frente
de un particular guerrero
que salió en sus alados caballos al mortal combate
y le ha roto las fuentes de la sangre interior,
ahora allá mana, ya no acá, mientras los niños juegan
a pesar de la guerra y de los interventores divinos
y procediendo en consecuencia
sólo les queda morirse de la risa a falta de otro modo
de expresar la atónita sorpresa
ante una prosa tan burda y descarnada

hasta que la pubertad, con su indiscreta sangre
los obliga a taparse para hacer su aparición
en vasos, platos, arcillas, terracotas y murales.

Por cierto, ahora que digo sangre,
a todos la sangre nos asalta con su inocultable sorpresa.

En una partición del mundo que jamás cicatriza
unas ven lo que otros ni remotamente atisban: sangre.

Esa sangre que acabará siendo nombre y será guerra
igual que es laberinto.
Sangre mujer
y sangre hombre.
Esa sangre.

Fluye como una palabra de consuelo, dicen,
como un desprendimiento de algo dichoso,
como una germinación ficticia que fuera
el tronar de la semilla jugando a estar madura,
tibia como la leche,
esa sangre,
eso dicen ahora.

Los niños de la colonia San Rafael –perdonando la intromisión,
apunta el emisario–
andan todos vestidos,
traen una coraza más recia que las de los guerreros;
la sangre de los niños de San Rafael
corre demasiado metida en venas muy ocultas.
Hasta que un día quiere salir
por el viril barullo atolondrado de sus fiestas
y se atora
si no tiene por dónde
por dónde quieres que salga
si nuestra sangre sólo sale por herida
cuyo destino sea la muerte
se encabrita,
se levanta,
remolida y estragada se revuelve en sí
y en su enredado andar dentro de sí misma
pierde todo sentido.

De modo que lo que le debemos a la sangre
lo ponemos en la cuenta de lo que la sangre
nos está debiendo.

Y mientras tanto, en ese remolino,
los niños de todos los tiempos y todos los lugares
esperan la embestida.
La sangre es más que toro,
más que estampida de furiosas bestias, peligrosa, duele.

Quién ha de saber lo que le espera
mientras está tranquilo creyendo que ser niño es excelente,
sin sospechar que luego la sangre habrá de separar
lo que es terrenal
de lo que sólo es vértigo y fracaso.

Por eso los niños de Cartago se ven tan azorados, pobrecitos.

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4 Junio 2007

Desconcierto ante la muerte de Héctor Azar

¿Será así? ¿Que la vida se hace de pérdidas y rompimientos? Porque vean el poema que fue a poner su propio orden en este blog. Está en la secuencia del libro y es el que sigue, sí, pero ayer salió el libro de Roberto el Diablo, y todo eso…

DESCONCIERTO ANTE LA MUERTE DE HÉCTOR AZAR

O sea que también el ogro era mortal.
El que nos inspiraba tanto miedo,
ante el que no nos atrevíamos a hacer circular la sangre por el rostro,
el que nos apabullaba con su gesto de autoridad
–una vez, en el 68, afuera del Foro Isabelino, se subió a un camión de agentes judiciales que habían retenido a unos de nosotros
y con sólo su solemne magistratura sometió a los guaruras
y rescató a los nuestros–,
pero resultó mortal.

Yo creía que era un roble, uno de esos árboles duros que no se caen,
pero veo, con el azoro de la noticia, que todos somos de condición igual.

El que me decía poeta con una gentileza contradictoria
que lo emocionaba, que le daba luz,
que apuntaba deudas impagables de réditos irascibles que trastornaban su sueño,
resultó mortal, contra todo lo que yo hubiera previsto.
Qué me queda. De qué puedo vanagloriarme.

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3 Junio 2007

El abrigo

EL ABRIGO

Bernardo Giner de los Ríos me regaló el abrigo con el que un tío suyo
salió al exilio,
un abrigo negro de paño español, largo y pesado,
al que le debieron haber caído nieves y lluvias de los Pirineos;
decía que era demasiado grande para él,
que aquí no hacía tanto frío y que a mí, por delgado y alto,
me iba mejor.
Lo usé muchos años en inviernos improbables
y luego lo volví abrigo teatral.
La prenda se fue tornando sutil hasta que se metió
al otro lado de mi piel.
Tengo ese calor guardado para siempre;
ese siempre pequeño que es la vida.

Bernardo Giner de los Ríos llegó a la ventanilla
que atiende una señorita espigada y fragante cuyos grandes ojos
lo envolvieron, su largo cuello lo pasmó,
los sensuales hombros suyos lo atarantaron tanto
que se puso a cantar como un santo nuevo que acaba de descubrir
cómo oración y blasfemia van a dar siempre al centro del corazón
de esa montaña eterna que los antiguos llamaban Dios.

Vale decir que esa señorita es la tristeza;
luego se hizo ligero y leve.
Descanse en paz Bernardo Giner de los Ríos, cálido amigo
que me regaló un abrigo y que se murió.

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2 Junio 2007

Ya mero

En esta página refrendo mi confianza, sólo que me daré de topes si yo llego a no estar cuando suceda.

YA MERO

Por otra parte, hay que pensar,
sin que le demos muchas explicaciones,
que ya casi alcanzamos la inmortalidad.
En cualquier momento
alguien anunciará
que ha encontrado el curioso antídoto contra la muerte,
que a partir de ese momento
todos podremos fijar la edad en la que estamos
o la que nos convenga.

No sé cómo será,
no quiero hacerme marañas esotéricas
ni proponer fórmulas científicas que de todos modos no voy a entender,
estoy hablando de la fe,
esa fuerza que hemos ido cultivando por milenios
y que viene a ser la única explicación
verdaderamente bondadosa
de la tierna aceptación de corderos
con que nos hemos ido, generación tras generación, al matadero.

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1 Junio 2007

Ruidos en el cielo

Ya Pitágoras validaba la vieja teoría de que los astros tienen una música que les es propia. No es razonable. Pero tampoco es irracional. En todo caso, forma parte de esas metáforas que se usan desde los albores del pensamiento y el lenguaje. En este poema, la reiteración rítmica de los endecasílabos y del remate de los tres párrafos intenta una espiral, un trompo. Como si además del sonido de las palabras buscara el de la estructura.


RUIDOS EN EL CIELO

Cuál es ese sonido armonioso
que se da en las esferas celestes
recorriendo los cielos convexos
al rozar con sus cuerpos de luz
los extremos salientes y finos
de una carne sensible a los astros.

Me parece sentir esa música
más lejana que el punto que piensan
más remoto mis ansias de lince,
allá suenan y acá nos perdemos
en el más desolado silencio
de un mutismo de fiesta vencida.

De una carne sensible a los astros
que produce sus propias faenas
en el surco afanoso de vida
musical, servicial, matutina,
y proyecta su espiga sangrante
más allá de las puertas del cielo.

De una carne sensible a los astros.
De un mutismo de fiesta vencida.
Más allá de las puertas del cielo…

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