27 Febrero 2007

Los gatos

En 1963, yo creo, escribí los primeros poemas que me atreví a publicar; los di a las revistas de la época y sólo 10 años después los junté en un librito que llamé “Tambor interno” aludiendo a una figura que había en uno de ellos “y algo me crece del tamaño de un tambor/entre la carne”. Pues ahora, cuando leí el poema que corresponde al día de hoy en esta puntual entrega, me acordé de otro, de aquellos días: “Jugábamos con rifles de mentiras /y nos gustaba escribir nuestros nombres /en las banquetas de cemento fresco. / No descendemos de buena familia. / Nos parecemos a los gatos pobres,/escondidos en sótanos nacemos/y brotamos maullando en las esquinas.” No, el poema de hoy no tiene en apariencia nada en común con este de los gatos pobres, sin embargo alguna razón profunda lo sacó de donde estaba y me lo puso en el primer plano de la memoria. No creo que valga decir que se trata del mismo poeta cuarenta y tantos años más tarde y que eso sirva para explicar algo; más bien hay algún vínculo de fraseo en los dos poemas que hace que una misma sangre fluya por el interior de ambos.

La mayor parte de los poetas vivos que conozco se ha nutrido en la lectura silenciosa y ha oído la parquedad interpretativa o declamatoria en las lecturas en voz alta de parte de los demás poetas que ha marcado el estilo en que se debe leer; la poesía se lee con la menor cantidad posible de inflexiones de voz, con la mayor monotonía y la menor sonoridad posibles. Nomás que yo provengo de otra escuela: me acerqué a la poesía a través de la declamación porque antes que haber escrito un poema me había aprendido muchos y tomaba clases de declamación, y luego, cuando me declaré poeta y comencé a dar a conocer mis versos, fui a dar al taller de Juan José Arreola que era un estupendo intérprete y que actuaba en voz alta los textos de sus pupilos para subrayar sus valores y, muy ocasionalmente, sus defectos.

Bueno, este “Vértigo” tiene ese algo de entonación que me encanta, yo diría que es un poema para ser leído en voz alta, que puede sumar a su marcha silenciosa un danzar alegre y juguetón que dé las claves de su aprovechamiento a quien lo escuche: la poesía es siempre un riesgo, no sirve para nada, nos pone en predicamentos de todo tipo, y no obstante, no hay felicidad comparable a la que de ella emana.

VÉRTIGO

En enjambre me vienen las palabras
zumbando como violas extasiadas,
como flautas y oboes en campiña dominguera
pidiéndome que salte, que me mueva,
que me arroje por el acantilado pavoroso
que me espera sonriente a pocos pasos
porque dicen que yo puedo volar, que si me tiro
más seré aire que cuerpo, más ala que bulto,
menos concepto y más nota vibrante,
más arpegio que sombra de caída, que me tire.

Se me vienen a juguetear al velo del paladar
como efluvios de la memoria con sus sabores
de melocotones dulces, de gordas mandarinas,
de mangos perfumados y golosas piñas,
entrometidas y con mucho inocente descaro
me hacen cosquillas pecaminosas en los labios
y me empujan con sus sabrosas tentaciones
para que me lance a lo que dicen que será disfrute
como el que es solazarse en la delicia anónima
de la pura disposición para el placer de los sentidos,
que si veo el abismo frente a mí en donde pierda el paso
que no le tenga miedo porque allí regalan vida,
que allí me está esperando el paraíso, dicen.

Se me vienen a las yemas de los dedos
sin considerar que uso las manos para tantas cosas
y allí me comadrean indiscretas como viejas conseguidoras,
me ponen al alcance atisbos de pieles que me erizan,
palpaduras que nunca sospeché que hubiera tales,
morbideces que tentar sin el menor recato,
lisuras de mejilla y de cadera de cobre, de mármol, de alabastro,
palpitaciones cuya sangre interior se me contagia
y me empujan, me orillan de bulto y de palabra
para que me vuelva adicto al vuelo que me atrae y que me aterra.

Se me vienen también como aires, como vientos,
como soplos que no sé si llamar premoniciones,
como susurros inquietantes al oído,
insinuándome tesoros escondidos
que están sólo esperando a que los coja yo,
que son la almendra del alma de los tiempos,
el cristal impecable en que se mira el centro cardinal
de la verdad, que a qué espero, que en su manto
me habrán de recoger en el momento mismo
en que deje la orilla y decidido vuele,

y yo entonces sin saber lo que hago
aturdido, febril, manipulado por esta multitud aleve
que me atosiga con vehemente almíbar,
voy a la orilla de la página y me lanzo.


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publicado en Se está tan bien aquí, mi voz | 1 comentario

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