27 Abril 2007

Rincón del salón

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27 Abril 2007

La foto de la chica

Hay muchas cosas que me gustaría contar acerca de mi casa, no porque sea ejemplar ni notable, ni mucho menos lujosa, sino porque sus minucias suelen ser reveladoras, cuentan de por sí muchas intimidades y abren innumerables puertecillas a estancias en las que mi alma, o lo que se entienda por eso, sale a relucir con más claridad y más matices que lo que pueda decir de mí mismo. Buena parte del salón principal se ve, gracias al diseño de esta página que hizo Milagros. Y cada objeto, cada cuadro en las paredes, las alfombras en el piso o las lámparas con que nos iluminamos de noche, tiene una pequeña historia que enlaza curiosamente con mi ubicación como habitante de Madrid. Parte de esta crónica está en el libro que ahora estoy glosando página a página.En este caso el poema es una constancia sencilla de la posesión de una fotografía y de su descripción, lo más apegada posible a la experiencia ordinaria. Mi amigo Manuel García, valenciano historiador de arte, me regaló el cartel que anunciaba la exposición que él, como conocedor profesional del arte mexicano, se encargó de presentar en su momento y yo lo mandé enmarcar. No pudo ser más oportuno Manuel con su regalo: estaba en el proceso de amueblar y decorar la casa. La fotografía se adueñó enseguida de una ventana y de la luz abundante que entra por ella y ocupó con absoluta naturalidad un espacio que es suyo desde entonces. Está acompañada de una báscula Toledo que recogí con asombro de un contenedor de basura antes de que tuviera casa siquiera, cuando no tenía lugar ni para ponerme a mí mismo, y de un espejo redondo con un gordo marco dorado comprado en mis paseos dominicales por el Rastro y que después de varias ubicaciones tentativas escogió ese lugar, quizás para devolverle al hogar que lo acoge una poca de la luz vespertina que descompone en tenues rayos de colores tímidos.

Pero volvamos a la chica de la foto, que me distraigo con facilidad contando pormenores y rinconcitos. La vuelta de tuerca está en la relación que he establecido con el objeto, y más que eso, con la vida que el arte de la fotografía le otorga como un don a la modelo, lo que la saca del tiempo y la hace susceptible de participar de una relación directa conmigo. Una relación como la que puede establecerse con un cuadro abstracto, con un poema, con una música que nos modifica y nos redime. Importa, además, la acción física que la realidad externa puede aportar a los objetos; en este caso, el sol, o una sombra, o una mancha cualquiera proyectada de manera persistente sobre la foto. Me gusta tanto que es parte de la decoración permanente del salón. Desde el año pasado puse frente a ella una jarra azul de vidrio soplado de la malograda fábrica de Carretones, en la Merced, que alberga unos bambús torcidos que han echado con el tiempo unas altas ramas de hojas lánguidas que no ocultan sino selvatizan un poco la desolación con que la autora de la foto quiso preservar su intimidad, la de ambas.

En ese mismo extremo del salón está ubicado un futón cuya historia particular conté hace tiempo y está publicada en la revista Letras libres, en octubre del 2004. Lo que entonces no conté fue que Octavio Vázquez estaba conmigo de visita y me ayudó con la historia del futón, y no por eso sino porque allí quedaba bien, puse un grabado suyo que me es muy entrañable en el que unos brazos estrechan con calor al mundo que los rodea.

LA CHICA DE LA FOTO

La chica de la fotografía ha comenzado su vida independiente,
quiero decir que la que yo veo, la de la fotografía,
no la chica humana que haya servido de modelo
sino la chica aparentemente inanimada, impresa, ha comenzado
el generoso proceso que anima a las obras de arte, ha comenzado a vivir.

Se trata de una fotografía de Ivonne Deschamps,
y una modelo india, probablemente totonaca, joven y deslumbrante,
retratada de frente, desnuda,
estira hacia arriba el largo cabello lacio y oscuro
y con ambas manos, como si se estuviera llevando a sí misma de castigo, jalada de las greñas, entrega una juventud vibrante y natural, sin artificio,
o como si se llevara de regalo, cargando su prodigioso peso de mujer,
su cuerpo compacto, pequeño, poco acinturado y de caderas y muslos
como piedra y barro;
o como si hubiera descubierto dentro de sí la mecánica del vuelo
y estuviera a punto de extenderse;
decía; ha comenzado a vivir. Será tal vez que en estas magníficas tardes madrileñas
el sol oblicuo entra de lleno por la ventana y ella, acalorada, empieza a reaccionar:
no sólo he notado que mueve delicadamente el cuello alargado por el gesto,
sino que parpadea cuando no estoy mirando su carita perfecta de máscara oriental
y afloja la rodilla derecha cargando su peso sobre la pierna izquierda,
tan bella como la otra;
por fortuna sus pies son anchos para no tener que dar pasos correctivos
por lo que parece que permanece fija siempre y en el mismo sitio,

pero lo que yo quería señalar como prodigio no es eso,
sino que, por lo inusual de la postura y el sol y lo demás, de su axila derecha,
el nido que abrió,
ha comenzado a escurrir visiblemente una gota de sudor
que en el momento en que termine de crearla acercaré mi lengua golosa
y entraré en persona en el reino del arte.

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