9 Junio 2007

Gelatinas de Riesgo

Hay una droguería antigua en calle del Desengaño, una callecita cercana a Gran Vía, llamada Casa Riesgo; a la manera de antes tiene estanterías de madera a todo lo alto y ancho de su espacio con cajones regulares que documenta por fuera con el nombre del producto. Sodio, anís, potasio, belladona, cúrcuma, regaliz, fécula, rábano negro, dextrosa, canela, musílago, ácido cítrico, palo de campeche, nux vómica, contabiliza el ojo al vuelo sin que la memoria pueda jugar carreras, porque lo hay todo, palabras conocidas y palabras desconocidas. Y allí voy y compro la gelatina en polvo. Un kilo, y nos dura todo el año. Claro que podría comprarla en sobrecitos en el supermercado y apenas notaría que de esa manera cuesta varios cientos de veces más caro porque como cada vez se usan unos cuantos gramos uno no está para hacer esas cuentas, y además no tendría pretexto para ir a Casa Riesgo y me perdería el espectáculo de sobrevivencia de una magnífica tienda del Siglo XIX.

Gelatinas de té, me hace Milagros. Nuestra infusión de las mañanas es muy rica: té rojo, blanco y verde, anís, clavo, canela, pimienta y cardamomo, y siempre sobra un poquito; cuando se junta un buen salen tres o cuatro gelatinas; o de los sobrantes de café que algunos amigos toman cuando vienen a comer; algo en las cafeteras va quedando que se convierte en exquisitas gelatinas; y de manzana o de melocotón; pero la que más me gusta es la de jamaica, de ibiscus que lo nombran, ácido y dulce, perfumado como una selva y lleno de niñez. Y nunca les faltan los tropiezos de nuez, de piñón, de pasitas, de muescas de manzana, de azucarado cariño. Hojas de yerbabuena se nos ha olvidado ponerle y habrá que remediarlo. Y en la mañana, mientras escribo esta bitácora y me asomo a todos los rincones de la tierra, qué bien y qué frescas me saben las gelatinas.

No lo pongo como receta porque supongo que todo el mundo sabe hacerlas: agua hirviendo con azúcar, sobre ella el polvo de la gelatina meneado un par de minutos hasta que se disuelve plenamente, porque aunque viene en polvo es como una sal gruesa hecha de pura proteína; dicen que es buena para el cabello y las uñas y magnífica para el sistema óseo; fuera del fuego se agrega la sustancia. La jamaica, el té, el tamarindo, el mango perfumado. Luego, esperar a que se cuaje y ya.

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9 Junio 2007

Gelatinas paso a paso

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9 Junio 2007

Postes

Había ido a Nueva York a visitar a mis hijos, que entonces estudiaban, y nos fuimos al Moma que anunciaba una exposición temporal de los retratos del cartero de Van Gogh. No sé si había visto uno o había visto varios en otros museos o en reproducciones pero el chiste fue que el conjunto me impresionó mucho; verlos todos juntos -siete u ocho, no más- le dio al cartero una dimensión que ni me imaginaba y me permitió este salto al vacío.

POSTES

Vamos a ver, señor Joseph Roulin, cartero de Arles,
qué estaba usted haciendo allí, al lado de Vincent Van Gogh,
esos días entre el verano de 1888 y la primavera de 1889 en los que, afiebradamente, porque nunca pudo ser de otro modo, y menos en esos momentos decisivos,
el maestro se dio a la, por lo visto, grata tarea de retratarlo a usted
repetidas veces, según el trabajo que ahora cuesta compilar la obra,
prácticamente en la misma posición, con el mismo uniforme y,
si me apuran demasiado, en la misma silla que, si no me equivoco,
era de rattan con tejido de mimbre, en la cual usted se sentó
una vez y otra vez a ser retratado por su amigo raro el pintor holandés.
Asombro, desconfianza, altanería, complicidad, sorpresa, duelo,
son algunas de las expresiones con que posó para la posteridad
con la barba brutalmente reproducida en llamaradas inversas y partida en dos cuernos arrogantes.
Más viento nunca pasó por su vida ni usted fue nunca más hondamente visto por nadie.
¿Usted sabía que era para la posteridad, o fue simple complacencia, vanidad de un rato, manera de pasar el tiempo fuera de horas,
o la morosa complacencia de unos muy buenos tragos compartidos?
¿O el viento de esas pinceladas llegaba a usted a través de su grueso saco azul de botones dorados y le alcanzaba a romper un poco la piel?
¿Todo perdido, empleado, o un poquito del veneno de Eros por allí escuece?
Diga, diga.
Las expresiones, ¿eran de usted y Vincent las captó con agudeza
o él las inventó para hacernos creer a todos que usted estaba lleno de ricos matices anímicos y espirituales?
Perdóneme, Joseph.
Usted no está aquí, señor Roulin, cartero, ni su pintor tampoco, ni sus tapices con florecitas, ni la mesa barata verde de palo,
de modo que cualquier secreto, por doloroso que sea, puede ser dicho,
ya que los únicos que por lo pronto estamos hoy son el que le pregunta a usted
y este otro intempestivo testigo del drama que es el que está leyendo.
Y en realidad ya nadie está, ni usted, Roulin, ni Van Gogh, ni Aura ni, casi, el inopinado lector.
Pero sus retratos van a ser conservados este otro siglo y muy probablemente
por los siglos de los siglos. De modo que tratemos, se lo ruego, de seguir conversando.

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