13 Septiembre 2007

El primero de Fuentes

Hace muchos años, cuando amarraban a los perros con longaniza, entré en una librería y tuve un arrebato de inconformidad: en la mesa de ediciones recientes estaba una portada que decía en letra más chica arriba Fuentes, y en letras gordas al centro Aura. Bien ganada esa libertad y autonomía del apellido, particularmente con la enésima edición de ese libro, por parte de Carlos, pero yo me sentí mal. Fui y empecé a escribir, no sin cierto cosquilleo divertido por dentro, un libro capital que dijera Aura en letra menos grande arriba y Fuentes en el centro. Le mandé una carta al novelista contándole la anécdota y pidiéndole que lo aceptara como un homenaje. En algún encuentro posterior me dijo que no estaba seguro de que le hubiera gustado la cosa, aunque años después lo he oído relatar con benevolencia el juego de nombres. Quién, díganme, quién sino los dioses puede tener la culpa. Pero como no se trata más que de una novela breve y un libro de poemas, no ocurre nada en ninguno de los reinos exteriores. Carlos y yo y todos nos complacemos con la pequeña historia.

No puedo negar que creó expectativas. Revanchismo. Hay gente a la que no le gusta lo que escribe Carlos Fuentes, o su persona, y pensó que yo estaba abriendo una trinchera. Dale, manito, dale. Pero no, a mí sí me gusta lo que escribe -ese libro cuyo nombre se junta con el mío en el infinito me parece delicioso y me gusta releerlo-, yo soy de los que celebrarían con entusiasmo que le dieran el Nobel y me alegro cada vez que publica un libro nuevo. Porque aunque el libro -el mío- trata de fuentes de inspiración, de surtidores ocultos, de manantiales que nunca antes había explorado, y no hay ni una sola alusión al famoso novelista, quién en México se hubiera atrevido a publicarlo; con todo y que él no sea jefe de ningún clan no habría faltado el líder corporativo que dijera Aura está atacando a Fuentes, o al menos pensaría que le estaba faltando al respeto con mi nombre, porque así de finitos somos los mexicanos y así están los poderes en nuestra ínclita república (qué linda parejita de esdrújulas). Y en eso me ofreció Blanca Strepponi publicarlo en Venezuela, en la editorial Pequeña Venecia. ¡Sale!, dije, ¡hágase la boda que yo pongo el máiz!

El poema de ayer, pues, para salirnos de la historia de la invención de la longaniza y entrar en los pantanosos terrenos del pantano, como todos se dieron cuenta, trata de la depresión y del coraje para salir de ella, o de cualquier caída anímica originada por cualquier cosa; la propuesta de Aura (Alejandro), en este caso, es que cuerpo y alma no son entidades distintas -cosa que he dicho en muchos otros poemas- sino dos perros iguales que se pueden abrazar por el hombro, como cuates, y salirse del atolladero; igual que van juntos a su destino final, en donde una y otro acaban su andanza y desaparecen.

Milagros encontró la solución técnica para superar la dificultad que ayer les decía ya que no tenemos todavía la autonomía de acción que merecemos: publicarlo como imagen escaneando la hoja impresa, por eso lo ven ustedes como grisecito, y así serán las próximas setenta y seis páginas, váyanse haciendo a la idea.


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13 Septiembre 2007

La segunda


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