20 Octubre 2007

Una copa de tequila

Ayer tomé una copa de tequila. Nos invitó a comer un amigo en San Luis y en abono de los usos y costumbres nos ofreció un aperitivo. No -le conté-, hace unas semanas que no pruebo ni gota porque la última vez, cuando regresamos de Cuba y traíamos aquel ron legendario, regalo del amigo que nos recibió con tanta cortesía, me puse imposible con una copa, una, fatal me cayó; el efecto peor fue que me sentí desgraciado. Y desde entonces vivo seco y sin ilusiones –concluí con desencanto. Mi amigo no insistió, se sirvió él tequila y le sirvió a Milagros un mezcal. Es posible que yo, sin querer, haya mirado a ambos con rencor. Seguimos hablando del tema; me preguntó si el médico me lo había prohibido; los médicos restringen siempre el consumo de alcohol, tengas lo que tengas, y del café, el tabaco, las emociones fuertes y los sobresaltos; se curan en salud mandándote aplanar la vida; pero no, el oncólogo desestimó el caso diciéndome que mientras bebiera bueno no veía problema. Pues este es buenísimo, dijo mi amigo refiriéndose al tequila que me había ofrecido, y como vio líquida y deshecha mi mirada sacó otro caballito y lo llenó hasta arriba.

Vi la bebida ambarina del reposado en el cristal purísimo de la copa y acerqué mi mano. Por un momento pensé que temblaría, así fuera de manera imperceptible para los demás pero mensajera para mí. Nada de eso: con delicada firmeza cogí el inestable tubito con índice y pulgar –como el viejo bailarín que vuelve a tocar la pista pulsando por la cintura a una princesa- y lo llevé a los labios. En la boca el encuentro de amigos provocó un revuelo de recuerdos, el gusto abrió cajoncitos por todas partes para sacar papeles escritos con anécdotas unos, otros con presagios, como los canarios de las ferias. Y al pasar de la garganta y enfilarse a su destino perceptible sentí que comenzó la dispersión. Muy antes que el sistema digestivo se alertara ya el linfático se había hecho cargo de llevarlo a todo el torrente sanguíneo; iba resbalando por las paredes del tracto y era absorbido quitándolo a la gravedad con goloso entusiasmo. ¡Cómo lo sentía yo! ¡Qué sabrosa experiencia molecular se desató en mis interiores! En un santiamén, mientras lo iba detectando, ocupó todas las plazas del campo contrario, incluidos los pies y su disminuido estado.

Miré hacia arriba para no distraerme y un grupo de angelitos nalgones agitaba sus alas moviéndose estáticos entre nubes de suavidad interna. Un paraíso chiquito emanaba del primer ahhh con que mi aliento pudo manifestarse y se materializaba en un techo pintado de seguro en el Siglo XIX, cuando los alambiques caseros destilaban para el consumo del señor y sus amigos las mejores ambrosías del agave azul. Rota la ley de gravedad, no bajó: subía. Una copa, no más; quizá tres tragos, cuatro si fueran comedidos y pequeños, y cada uno de ellos abrió universos que no estoy para mostrar tan fácilmente. ¡Ah, si pudiera! Ustedes, que habrán viajado por sus propios mares agitados y riesgosos sabrán lo que es encontrarse con un banco de sargazos. Y pasado, volver a ver la mar abierta y la navegación sumisa al viento.

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20 Octubre 2007

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