22 Julio 2008

El que canta…

publicado en El que canta..., poema |

Es extraño sentirme que me miro,
es extraño decirlo, que siento
que me miro,
como un caso, como un amigo,
y me hablo: feliz tu servidor
que te conozco y te conozco la medida,
porque estaré siempre en guardia
contra ti, me digo.

El caso es que me miro
y esta sensación de verme
se parece a una muerte
largamente pensada y preparada
para no acabar de plano
sino en flores que se abran y se abran.

Hola, me digo.
Ah, esta sangre,
esta sangre que corre,
esta inclinación terrible por la sangre,
esta humedad caliente
que pasa y se repite
moviéndose como agua entre las piedras.

Me digo hola
y apenas me atrevo a contestar
ovillado de miedo en el rincón
porque me estoy mirando.

Hola, me digo con cierto desparpajo.
Sin gracia, me miro que camino,
de mis ojos sin gracia,
de mi sin gracia en general
despido olor,
me reconozco.
No en balde nos sentamos en la sala,
alguien dice: veinticuatro años, muchacho,
y tomamos té.
Hasta los pájaros alcanzo a ver,
que vuelan,
contimás me miro, que camino.

Hola, me digo mientras escupo un poco.
Oh tribuna hiriente: que hablo;
qué gozo en tu ejercicio,
que desnudarse es como gritar
que viva el mundo.

Pues que vendrá la tarde, lo sé,
porque me estoy mirando,
lo palpo en el silencio
y en él, de sentir, me regocijo.

Hola, me dije,
y me asusté a mí mismo.

Este artículo fue publicado el Martes, 22 Julio, 2008 a las 11:30 y está archivado en El que canta..., poema. Puedes seguir los comentarios en el RSS 2.0 feed. Puedes escribir un comentario, o hacer trackback desde tu Web.

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