25 Junio 2007

Riesgos de la escritura

publicado en General |

¿De dónde sacan los escritores sus historias? Yo, por ejemplo, no cuento historias, más que de mí mismo y de cosas que me quedan a la mano; ya he aclarado que no puedo ni podré ser nunca novelista porque no logro involucrarme con las anécdotas ajenas ni consigo ordenarlas dentro de mi imaginación. Muchas veces he visto con cierta envidia la capacidad indagatoria de novelistas que conozco; están todo el tiempo husmeando en las vidas de los demás; si yo la tuviera, he pensado, qué fácil me sería vivir de mis obras, que serían novelas, claro. Yo nada más describo las pequeñeces cotidianas de mi única y propia historia y muy a regañadientes me atrevo a contar algo que les pasa a otros, siempre y cuando estén muy cerca. Pero no tengo vocación para construir nada literario con las vidas de los demás, qué lástima. Ser un Balzac, un Pérez Galdós, un Dostoyevsky. Aunque también tiene sus peligros. Como lo que le pasó la semana anterior a un escritor en Francia. Resulta que se le ocurrió usar para su libro todo el material humano de un pueblo demasiado pequeño al que eligió como lugar de trabajo y de retiro.

En los pueblos pequeños todas las cosas se saben porque no hay mucho que contar, aunque todo se cuenta, y él ahí estuvo, averiguando las minucias de las vidas ajenas, que son todas en el fondo tan iguales, y las fue poniendo en su libro con esa misma necesidad que tienen los pintores de usar un modelo, no importa que no se parezca mucho al original, y no porque sea único sino para poder centrar características y acontecimientos en una vida creíble y que no se desborde lo humano de sus observaciones. Pero en este caso parece que sí le quedaron igualitos los retratados. Fue revolviendo sus barrabasadas y grandezas (supongo, porque no he leído el libro) y con esa masa hizo el pan de su obra. Lo normal, pues; nada del otro mundo. No; la que se le armó: un día lo esperaron a la llegada del pueblo y lo tundieron a palos.

Los pocos vecinos del pueblo (el riesgo fue escoger un pueblo tan chico, pero yo creo que ahí estaba el reto) sintieron la peor de las desnudeces, la de verse desnudos a sí mismos. El escritor usó lo que pasa en todas las vidas de toda la gente, lo que ocurre siempre en todas partes y en todos los tiempos, lo que ya todos sabían y contaban: que si este era alcohólico y cometía tales desmanes en sus arrebatos; que si aquellos habían cedido al irresistible impulso del incesto; que si tal había traicionado la confianza de los suyos y se había alzado con el peculio familiar; que si aquella mintió durante toda la vida para ocultar el origen de una preñez ilegítima pero tan deseada, y a fin de cuentas, tan inevitable que a lo hecho pecho; que si el que debió ser guía moral de los demás se dedicó a usar su poder para desviar los impulsos naturales de sus pupilos y beneficiarse con ellos a ratitos; en fin, las pocas cosas que menos nos gustan de como somos las personas. De como hemos sido y seguiremos siendo mientras la especie permanezca y se reproduzca. Ahora el escritor tiene demandado a todo el pueblo en los tribunales. Qué risa. Ojalá que se le ocurra escribir esa otra historia, la suya.

Este artículo fue publicado el Lunes, 25 Junio, 2007 a las 7:36 y está archivado en General. Puedes seguir los comentarios en el RSS 2.0 feed. Puedes escribir un comentario, o hacer trackback desde tu Web.

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