24 Febrero 2008

Mangos, qué jolgorio

publicado en diario |

Se despierta, va al baño, se lava las manos. La cabeza que ve en el espejo tiene cada vez menos pelo y no deja, aunque no quiere ser nostálgico, de evocar aquellos entonces en los que había tanta abundancia por aquellas explanadas. Es inmediata y fugaz la observación porque se ha vuelto cotidiana. Bah, gesticula. Lo que lo mueve en realidad es una fuga hacia adelante. Nota el movimiento típico de la preparación del desayuno en la cocina –Milagros se levantó como media hora antes pero él volvió a sumergirse- y se apresta a disfrutar su colación. Hoy hay mangos de manila que llegaron ayer en la maleta de su hijo Pablo enviados por su hija María. Qué bueno tener hijos, siente. Qué bueno tener mangos. ¡Mangos en febrero, que locura!, antes eran de mayo y con trabajos se alargaban hasta agosto, piensa mientras trata de dominar el jugo que tiende a desbordar la boca por una descompensación entre la necesidad de manifestar el placer y el hábito de meter cosas a ese molino perfecto y educado con cuya precisión de agujas calibradas puede diferenciar peras de plátanos, manzanas y papayas, fresas, piña, uvas y melón, que es el agua azucarada que todos los días da el banderazo de salida. El jugo de esas prodigiosas naranjas de Valencia rubrica este romance. Y adelante.

Pero hace sesenta años difícilmente comíamos tales mangos, se dice admirando el magnífico de manila con que está meticulosa, casi científicamente trabajando; había unos criollos de temporada, más pequeños y con forma de pico de loro. Olían delicioso pero distinto y tenían mucho menos fruta. Una vez que los chicos habían acabado con la pulpa escasa y limpiado la semilla hasta de las últimas fibras que pudieran contener algo de aquella golosina perfumada, las abrían por un lado, les sacaban la almendra –la semilla, propiamente- y se la montaban en la nariz fingiendo un pico de perico. Qué fácil era ser lo que ofreciera la fantasía. Todos los caminos estaban abiertos y ninguno tenía una carga que llevar; lo mismo se podía ser perico que soldado, torero que clavel, ángel o tendero. Animal, cosa, persona, planta, no eran tan ajenos conceptos, eran momentos distintos de lo mismo.

Se le alegran los ojos a nuestro hombre y aborda el té como quien se subiera a una barca de fino bambú en la mar de China y comienza a mirar en esa agua ambarina cómo su verdadero destino hubiera sido ser un viajero permanente que llegado al pie de las pagodas después de recorrer todos los mares, quedara en humilde meditación catatónica hasta que apareciera esa princesa de kaolín envuelta en sedas que lo tomara como suyo y en cuyos ojos rasgados habría encontrado el sinsentido último de todos los misterios. ¡Eso sí que habría sido vivir, caramba! Tocar la punta de la flecha lanzada; y más, seguir la trayectoria de la bala desde el momento en que recibe el golpe que la ofende adentro de un recinto helado de metal hasta que entra despacio en un pecho caliente buscando el domicilio del corazón para hospedarse. ¡Joder!, piensa, hasta alucinógenos podrían ser estos mangos.

Este artículo fue publicado el Domingo, 24 Febrero, 2008 a las 12:44 y está archivado en diario. Puedes seguir los comentarios en el RSS 2.0 feed. Puedes escribir un comentario, o hacer trackback desde tu Web.

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